miércoles, 30 de abril de 2008

CAPÍTULO 26. UN NUEVO CAMINO


*Hasta ahora:

El oficial Erm Liu-d’ah tiene que infiltrarse en un búnker enemigo para cumplir su misión. Pero lo que parecía un trabajo fácil se complica cuando es descubierto. Los soldados lo acorralan y Erm utiliza a los prisioneros para despistar a sus perseguidores aunque sabe que los envía a una muerte segura.


Entrada 19: hora de Ágata; tercio creciente; sección novena.

Lista de problemas:

Salir de aquí.

En éste incluyo que cuando encuentren y maten a los prisioneros sabrán que falta uno. Les he disparado, ellos no llevan armas. Deducción lógica: falta alguien. Ese alguien soy yo.

También que estoy vacío. Sin munición.

No sé qué voy a decir en los informes.

Y llevo ya muchas horas con la armadura del simbionte coralino y sin comer nada.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.


Entrada 21: hora de Ágata; tercio creciente; sección decimoquinta.

Elevadores bloqueados. Escaleras vigiladas.

Si no hay salida, hazte tú la propia. Piso quinto y hay aire fresco. Cañerías en la parte superior del corredor. Detrás de una tubería, una trampilla.

El dolor de arrancarme el yelmo de la armadura se compensa con el suave roce de la brisa que escapa por la trampilla. Tomo nota: el simbionte se resiste cada vez con más fuerza a la separación.

El aire sólo viene de un sitio. Arriba. Y arriba significa fuera.

Quitar la tapa de la trampilla sin hacer ruido es difícil. Condenadamente difícil. Sudo. Aprieto los dientes y los dedos parece que son de otro. Tengo un tic en el antebrazo, me tiembla cada poco. Una gota de sudor me cae en el ojo y pica como mil demonios.

Estoy flojo. Me tomo mi último complemento vitamínico. A partir de ahora el simbionte me comerá a mí.

El arma de asalto me dará mal una vez que esté dentro del conducto de aire. No puedo dejarlo. Si lo ven aquí sabrán por dónde he ido. Si lo encuentran sabrán cómo los hacemos. Y eso es traición.

Bien. Dentro. Ahora, arriba.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.


Entrada 22: hora de Ópalo; tercio medio; sección cuarta.

He consultado la medida de tiempo. No hace mucho que estoy dentro y me parecen temporadas enteras. Pierdo la concentración y mi juicio se ve afectado. Tener en cuenta para el momento de tomar futuras decisiones.

Lejos de las bocas a los corredores no hay luz. Confío en la eartres. Sigo el rastro de mendrugos de pan, como en el cuento.

Grabo mi diario porque en la oscuridad me siento solo. Grabo y escucho porque quiero oír una voz.

Nota para mí: borrar esta entrada.

Nota borrada. ¿Eliminar permanentemente?


Entrada 25: hora de Zafiro; tercio y sección desconocidas.

Medida de tiempo sin confirmar.

Me he sorprendido cantando. No es procedente. He usado el cuchillo para despejarme. Estoy mejor.

El conducto sólo me permite arrastrarme. Poco más de un codo de alto por otro de ancho. Cuadrado, construido de metal; por los remaches apostaría que por la compañía Ecbat, sólido, no hace ruido al moverme.

Situación: oscuridad a mi alrededor; por los recuerdos y el tacto en torno a mí, sigo en el conducto de aire. He perdido el rastro de la eartres. Pongo en mi dedo opatoma para que regrese. Huele mal, hace calor, tengo la boca pastosa. El aire está estancado. Deducción lógica: he bajado. O han cerrado y evacuado el búnker; aunque posible, poco factible.

¿Modo de proceder? El objetivo está claro: salir. El método no tanto. De hecho, si lo supiera no estaría grabando esta entrada.

Debo moverme, elegir la dirección no es tan sencillo. O sí. Bajaba, iba en un sentido. Doy la vuelta.

La armadura me estorba pero no me la quito. Sigo en territorio enemigo.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.

viernes, 28 de marzo de 2008

CAPÍTULO 25. LA DECISIÓN

*Hasta ahora:

A pesar de los informes que Erm Liu-d’ah graba para el Alto Mando, su misión se complicó desde el primer momento. Encontró los archivos que había venido a buscar pero los guardias le han acorralado y le empujan más y más hacia las profundidades del búnker.


Entrada 16: hora de Topacio; tercio menguante; sección vigésima.

Me acabo de conceder el lujo de quitarme el casco.

Los zarcillos del simbionte se han resistido, clavaron los garfios dentro de mis pulmones. Y también en mi esófago. Dentro del oído. Detrás de los ojos.

Se soltaron y sólo escupí dos coágulos de sangre. Otras veces ha sido peor.

Me cuesta recuperar la respiración. No es normal. No soy viejo, estoy entrenado. El simbionte está alimentado.

Hay mucho barullo. Demasiado. Llamará la atención de los guardias.

Chisto para que bajen el volumen pero no me hacen caso y siguen golpeando las máquinas de alimentos con sus manos. Voy allí y las fuerzo; es fácil. Me rodean como cachorritos.

Unos se abalanzan sobre las bolsitas de comida deshidratada, otros preparan agua caliente.

Son los presos.

Se me ocurrió abrir las celdas. Para crear confusión. ¿Qué mejor manera de largarme de allí sin llamar la atención que en mitad de una fuga a gran escala?

Mala idea.

Algunos huyeron, sí. No les fue bien. Hemos visto cuerpos carbonizados de camino aquí.

La mayoría se han quedado conmigo. Piensan que les voy a proteger. No pueden estar más equivocados, será al revés.

Y ahora tengo que cargar con ellos. Hacen ruidos y son lentos. Sé que algunos se han quedado atrás. Me da igual, no tengo tiempo.

Ahora comen, parecen animales.

¡La puta que…!

Ya están aquí.

Lo sabía.

Jodidos idiotas.

Mucho ruido. Mucho ruido.

No hagáis ruido, les dije. ¿Me escucharon?

¡Una mierda!

C–mete ésa, cabrón.

¡Mi–reja, –joputa!

Levanta. Levanta ¡–vántate, joder!

Arriba. ¡–í está!

¡–tócaput–balas!

¡Hij–puta!

¡Mierda! M–dejado encend


Entrada 17: hora de Amatista; tercio medio; sección decimotercera.

¿Funciona? Ira, vai, leaGrabción de comprobación.


Entrada 18: hora de Amatista; tercio medio; sección decimotercera.

Sólo quedamos ocho.

Los tengo a mí alrededor. Están sentados, tumbados. Les cuesta respirar. Apesta a sudor y miedo. Y alguno se ha meado encima.

Echo un vistazo al corredor. Vacío. Bien, de momento tranquilidad. Ahora a pensar.

Nos empujan hacia abajo. Según el mapa, debajo está mantenimiento. Había muchos pasillos. No me acuerdo bien.

No recuerdo ninguna salida por allí.

Mierda, es una ratonera.

No puedo dejar que nos acorralen allí. Será cuestión de tiempo que me cacen.

Si mi memoria no me engaña hay un elevador de carga tres salas más allá, mirando al Águila. Si mi memoria no me engaña, llega hasta el segundo piso y no para en el quinto y el cuarto.

Si mi memoria no me engaña.

Echo un vistazo a los presos que me rodean. Agradezco tener de nuevo puesto el casco, así no me ven la cara. Y me dan más igual, porque parece que los veo de lejos.

Les hago levantarse y caminar hacia las escaleras que llevan a la última planta.

Por un momento pienso en decirles lo del elevados. Es un momento que no se me pasa. Me doy la vuelta. Ajusto el visor del arma de asalto. Compruebo el cristal de xiglás. Alimento la brasa. Confirmo que ya no tengo granadas.

Sigue sin pasárseme.

Viene uno.

Apunto. Me concentro en mi arma. Sé que cuando apriete el gatillo el cristal se alineará con la brasa y concentrará el calor para liberar un fino rayo dorado.

Me da escalofríos al ver el cerco negro que ha dejado en el rostro del tío porque he visto la carne retorcida y chamuscada de cerca.

Huele a carne a la brasa pero no me da nada de hambre.

«Bajad por ahí. Os cubro»

Los presos se van.

Yo también. Pero por otro lado.

Justo a tiempo porque ya vienen de nuevo.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.

viernes, 7 de marzo de 2008

CAPÍTULO 24. EN LAS CELDAS

*Hasta ahora:

La misión de Erm Liu-d’ah era sencilla; o eso parecía en un primer momento cuando llegó fácilmente a la sala de control, su objetivo. Pero los guardias del búnker han dado con él y la situación se ha complicado.


Entrada 15: hora de Rubí; tercio menguante; sección primera.

Mierda.

Mierda. Mierda.

Mierda de guardias.

Mierda de pasillos de laberinto.

Mierda de misión.

Mierda.

Por partes. Quejarse es de inútiles. Y yo no lo soy.

Hay buenas y malas noticias. Primero las buenas.

Situación: mantengo una encrucijada, cubro ambos corredores. Soy la grulla sobre el pantano. De momento, gano. Están a tres pasillos. Son cinco menos que al principio. Bien por mí.

Las malas. Han llamado a refuerzos. Estoy casi seco. A saber: dos cargadores del rifle de asalto; una granada de fuerza; tres granadas de luz.

Y el cuchillo, claro.

No voy a acercarme tanto. Si puedo.

Espero. Lo necesito. El simbionte se regenera en el hombro, necesita tiempo. La herida es superficial. Ni siquiera sangra.

Pero voy a tener que moverme. Quedarme quieto les favorece: conocen la distribución, pueden rodearme.

Libero la eartres. La tengo un momento en mi mano, me gusta como brilla en la oscuridad y deja un rastro de polvo de luz tras ella.

«Busca una salida», le digo. Sé que lo hará. Le dejo ir.

Echo de menos un plan.

Echo de menos a Yan.

Pienso en Yan y me río. Menuda cantidad de mentiras, los informes oficiales.

A estas alturas no deben de quedar de él ni los huesos. Lo he visto otras veces, cuando le quitas el suplemento alimentario al simbionte. Me aterroriza siempre que me pongo la armadura, luego ya ni lo pienso. Excepto en momentos como éste. Será porque me pone sensible la muerte de un compañero.

Es necesario, sin prisioneros. No es bonito.

Fue mal desde el principio.

Un momento. Sonidos. Las raíces del simbionte me taladran el oído, sólo es un momento, me vale: vienen dos por el pasillo de la izquierda, tres por el de la derecha.

Un vistazo al rastro de polvos de la eartres. Ahora voy.

El rifle en mi regazo, posición de el tigre agazapado. Siempre me sorprende, la fusión de madera y hueso, perfecta, ligera, longitud y peso adecuados. Amo esta arma.

Acabo de abrir la cazoleta del rifle. Por mucho que sople el ascua está casi apagada. Cuenta un cargador menos.

Cuenta, también, un par de visitantes más para el Gran Gusano.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.

viernes, 29 de febrero de 2008

CAPÍTULO 23. INFORME: INTERVENCIÓN.


*Hasta ahora:

Según el diario del oficial Erm Liu-d’ah, él y su compañero Yan se disponen a entrar en un búnker para llevar a cabo una misión.


Entrada 11: hora de Zafiro; tercio menguante; sección decimoquinta.

Estudio aproximado del exterior ya realizado.

Estudio del mapa del interior: siete pisos, numeración inversa de la superficie al fondo.

La estructura básica de cada planta es la siguiente: tres entradas, situadas cerca de los puntos cardinales del Águila, el Caballo y la Osa; a Caballo y Osa se accede por montacargas, al Águila el acceso es por escaleras. Pasillo de circunvalación y una red de corredores que llevan a las estancias situadas en el centro de la planta.

Por lo observado hasta el momento, los controles y habitaciones técnicas están situados en la parte superior. Encontrado sólo un comedor.

Escasa presencia de guardias o trabajadores. Fácilmente evitable: no sospechan de incursión y hablan alto y hacen ruido.

Situación actual: piso 3. Objetivo: sala de control, piso 5.

Próximo informe en el siguiente punto de control.

Fin de la entrada. Oficial al cargo: Erm Liu-d’ah

Nota: entrada de acceso restringido. Código: Ámbar.


Entrada 12: hora de Zafiro; tercio menguante; sección vigésima.

Sala de control alcanzada. Procedo a la eliminación de datos. Uso una de las brasas de la munición porque los papeles arderán sin llama. Tarda más pero llama menos la atención.

No suena ninguna alarma. Posibilidades: alerta silenciosa o los guardias no han comunicado la violación de seguridad (o sea, yo).

Los papeles quemados sueltan demasiado humo; la cantidad es mayor de lo que había estimado en un principio. Su velocidad de consumición es muy lenta. Conclusión: acabará llamando la atención.

Acelero la destrucción de datos, posibilidad de que queden rastros pero la parte principal queda inservible.

Sigo sin contacto hostil.

Próximo informe en el siguiente punto de control.

Fin de la entrada. Oficial al cargo: Erm Liu-d’ah

Nota: entrada de acceso restringido. Código: Ámbar.


Entrada 14: hora de Diamante; tercio creciente; sección quinta.

Descubierta la razón por la que no había contacto hostil: emboscada. Esperaban en el comedor de la planta 5. La retirada era la única opción.

No sé si estaba preparada antes o después de nuestra entrada.

Nota para el Consejo: asumir que los datos destruidos pueden ser falsos. Intentaré confirmar estas suposiciones mientras salgo de aquí.

Me han empujado hasta el piso 6. Los mantengo a raya; una granada de fuerza ha hecho su trabajo.

Esta planta es distinta: poca luz, pasillos en forma de cuadrícula. El visor del simbionte no es suficiente (hace mucho daño cuando se clava en mis ojos para forzarlos, me ciega; nota: revisarlo de vuelta al cuartel). Activo un globo de fuego: son celdas; vacías, la mayoría. Dejo el globo volar delante de mí, les recuerdo a los chicos que estoy aquí y armado e intento perderme entre las celdas.

Próximo informe… Ya veré cuándo puedo.

Fin de la entrada. Oficial al cargo: Erm Liu-d’ah

Nota: entrada de acceso restringido. Código: Ámbar.

lunes, 18 de febrero de 2008

CAPÍTULO 22. ENTRADA 8.

*Hasta ahora:

Un meteorito que esconde un dragón mecánico que choca contra su nave y la codicia que provoca es el comienzo del último viaje de Timoteo que lo lleva a huir de su planeta. En el espacio es asaltado por unos piratas que al irse dejan un polizón: Delaira o Bezem, que le ofrece llevarle a su hogar.

Entrada 8: hora de Jade; tercio creciente; sección segunda.

Piedra. Roca. Granito, contaminado con vetas metálicas: refuerzan la estructura. De las canteras de Knaa, apuesto mi graduación.

Construcción chata y baja. 7 codos máximo. Los pisos están bajo tierra.

Eso lo hará más difícil.

Miro a Yan. Ha liberado su insecto maoa.

Le indico que avance. Cubro casi 100 pasos. Está libre. Podemos acercarnos a distancia de tirador. Primero uno, luego el otro. Disposición serpiente repta en la arena. Atentos a las puertas. Cualquier movimiento, cualquier variación térmica y nos paramos. Nos gusta la vida, perderla es una tontería.

27 pasos. Último trecho, despejado, no podemos cubrirnos. Hay que esperar.

Regresa el insecto maoa. Yan me indica que conserva los huevos: no hay guardianes de sangre caliente en el perímetro.

Corro yo primero hasta el búnker, Yan me cubre. Luego me sigue. No es mucha distancia, no en un entrenamiento. Cuando esperas a cada momento recibir un impacto se hace eterna.

Ya estamos ante la puerta. Madera, recia. Refuerzos metálicos. No esperaba menos.

Ahora tenemos que entrar.

Mi turno. Libero el quilópodo y le dejo hacer su trabajo.

Nota: entrada privada. Código: Renacimiento.


Entrada 9: hora de Jade; tercio creciente; sección quinta.

Nadie.

Entrada: corredor limpio, sin salida hacia ningún lado. Aproximación de longitud: 20 pasos. 5 codos de altura, máximo. Caben dos personas codo con codo.

Procedimiento estándar: en fila, cubrimos vanguardia y retaguardia.

En penumbra; no usaremos los globos si no hay necesidad. El visor de la armadura del simbionte coralino hace su trabajo: agudiza nuestra vista entre 6 y 7 pasos, visión aceptable.

Procedemos a iniciar intervención. Sin novedad hasta el momento.

Próximo informe en el siguiente punto de control.

Fin de la entrada. Oficial al cargo: Erm Liu-d’ah

Nota: entrada de acceso restringido. Código: Ámbar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

CAPÍTULO 21. DONDE UN ENCUENTRO CAMBIA LOS PLANES.

*Hasta ahora:

El viaje espacial de Timoteo ha empezado igual de tormentoso que el último en su planeta tras el choque con el meteorito que era una estatuilla de dragón. La burocracia lo atrapó por un tiempo pero un jefe de aduanas cansado de la soledad allá arriba le dejó pasar a pesar de sus papeles falsos. Y ahora, en una situación muy parecida al que empezó esta historia, un cometa se dirige hacia ellos.


Timoteo apenas podía ocultar la cara de pasmo que se le había quedado.

El cometa, la bola de hielo ardiente, se había abalanzado sobre el Míle. Sólo que no era una bola, ni estaba hecha de hielo, aunque despedía una luz que sí se podría decir que ardía si uno se ponía poético. La esbelta cabeza y cuello de un cisne había sido lo primero que pudo vislumbrar el capitán con los ojos entrecerrados, acostumbrados ya a la oscuridad del universo. Lo siguiente, unos garfios con los que le habían abordado; de manera pacífica pero sin dudar un momento de que sabían lo que hacían y lo iban a hacer de todos modos.

Ahora, la larga nave plateada con casco en forma de cisne y la madera metálica de las bordas talladas en forma de alas se mantenía erguida y arrogante sobrepasando en tamaño y belleza al Míle, que cabeceaba testarudo intentando librarse de las sogas. Inútil, bien lo sabía Timoteo sin necesidad de examinarlas de cerca, sólo por la seguridad que desprendían los tres individuos que habían saltado a su cubierta.

Vestían túnicas largas, de un blanco plateado con destellos metálicos que desprendía luz al igual que lo hacía la madera de su nave, y también su cabello albino e incluso su pálida piel, únicamente visible en el rostro y las manos. Las estaturas no eran idénticas ni tampoco la forma de sus cuerpos, pero Timoteo tenía serias dificultades en distinguirlos los unos de los otros debido a su permanente brillo que le impedía mirarlos directamente y que ya empezaba a dolerle al fondo de los ojos.

Miraron alrededor, como para asegurarse de que no había amenaza, y eso debía ser porque de repente un montón más como ellos cruzaron de un barco a otro y se pusieron a cotillear todas las esquinas del Míle, aunque no tuviera muchas.

«¡Eh, que eso se rompe!», advirtió Timoteo a uno de aquellos seres cuando meneó sin cuidado alguno el farol colgado a la entrada de la lona que le servía de tienda para dormir. No pudo reprenderlo más porque uno de los primeros que había saltado a su barco, o eso creía el capitán pero nunca habría puesto la mano en el fuego para asegurarlo, estaba a su lado. «Nuestra presencia le importunará poco tiempo, desconocido señor de bajel. Cogeremos lo que necesitemos y nos iremos enseguida». «¿Cómo que “cogeréis lo que necesitáis”? Oye, que yo necesito eso para viajar, no sé cuando llegaré al próximo planeta». «Todo ser vivo debe aportar lo que tiene a la Búsqueda». «Ya, suerte tenéis de que sois muchos o veríais cuál iba a ser mi aportación más gustosa», gruñó Timoteo viendo desazonado como aquellos albinos iluminados empezaban a arramblar con todas sus provisiones y varias de sus posesiones.

Cuando vio que se hacían con sus instrumentos de navegación, saltó hacia delante. Eso no lo iba a permitir, no se quedaría perdido en mitad del espacio por culpa de esa gente. Pero tanto el berrido que iba a meterla al tipo ladrón como el salto, quedaron en un intento de. La mano del que había hablado con él se había cerrado sobre su brazo como una presa y lo había clavado en el sitio con tal fuerza que se le había escapado el aire que acumulaba para gritar. «Todo ser vivo debe aportar lo que tiene a la Búsqueda», repitió. Timoteo hubiera jurado que tenía la mirada ida, pero no podía estar seguro pues la luz que despedía lo cegaba.

Y luego de eso se fueron, dejándolo prácticamente sin nada. Excepto la ropa; eso no lo habían tocado. «Ahora tendré que cocer y comerme las botas. Y no están nada ricas.». Estaba anonadado. Había sido incapaz de resistirse; se lo llevaron todo y él se quedó de pie en mitad de cubierta. Era ahora cuando la ira empezó a hacer que su sangre le hirviera, pero ya era tarde y eso hacía que todavía se enfadara más. Y no era la nave de luz que se alejaba, ya casi convertida de nuevo en una bola ardiente, la única destinataria de su rabia. «Soy un condenado idiota. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo llego a Aespix? Sin comida ni instrumentos de navegación estoy perdido. ¡Oh, idiota!».

Se quedó murmurando un buen rato, con esa retahíla que se escapa entre los dientes cuando alguien se va enfadando y enfadando y enfadando con uno mismo, con unas ganas de darse un buen cate y sin hacerlo al final porque, después de todo, eres tú y no te pegas tan fuerte como mereces.

«Oye…». «Olvídame». «No, en serio, oye…», y se quedó con la palabra en la boca ya que, aunque el Míle no era tan grande, Timoteo se dio la vuelta y se dirigió a su tienda para rumiar su ira.

Y ahí fue cuando se quedó mudo y el cabreo se le olvidó por completo. Entre las sábanas que le hacían las veces de catre asomaba una cabellera de un rubio pálido con un brillo titilante que se iba desvaneciendo. «Que me ahorquen…». Con un dedo bajó un poco las mantas, casi con miedo de lo que se iba a encontrar. Debajo del flequillo asomaban dos ojos de un azul que empalidecía cada vez que el cabello lanzaba un destello. «Ay…»

«Es lo que intentaba decirte». ¿Por qué siempre conseguía ser tan irritante? «¿De dónde ha salido esa voz?», aunque el susto hacía temblar su voz, parecía que un repiqueteo de cascabeles cruzó la cubierta cuando la polizón había hablado. Recorrió el barco con una mirada tan nerviosa que Timoteo no pudo por menos que sentir pena. Pero luego se acordó de lo que habían hecho sus compañeros y la lástima se esfumó.

«¿Qué estás haciendo aquí? Y más vale que la explicación sea buena, porque no creo que las reglas sobre polizones cambien de un planeta al espacio, y te aseguro que no me daría remordimiento alguno lanzarte por la borda». Para entonces, las mantas habían resbalado porque la muchacha se había llevado las manos a la boca, horrorizada.

«¿Qué cosas dices? No te atreverás». Timoteo se volvió hacia el mascarón: «así no se puede tener autoridad alguna». «¡Pues no digas tonterías!». Iba a darle una respuesta buenísima pero se quedó con las ganas porque la chica había descubierto de dónde procedía la voz: «oh, si habla…». «Ése es precisamente el problema, que no hay manera de que no lo haga», refunfuñó Timoteo, y luego siguió con la polizón: «no me has respondido».

«Estoy huyendo de ellos. Me raptaron. Es lo que hacen. Asaltan barcos en el espacio y toman lo que quieren. Y si ven que uno de los tripulantes tiene el Toque, se lo llevan con ellos. Eso me pasó a mi». Tomó aire: «no me tires al espacio, por favor. Pero si vas a devolverme, prefiero que lo hagas», y en ese momento fijó los ojos en los de Timoteo y éste supo que hablaba muy en serio sobre las opciones que le había dado.

Ahora fue el capitán del Míle el que hizo acopio de aire. «Si vas a quedarte, aunque sea un tiempo, estaría bien saber cómo te llamas». «Oh, gracias, gracias». «Ni gracias ni nada. Te quedas pero como tripulante. ¿Sabes algo de barcos? Si no, lo tendrás que aprender rápido».

Desde luego, no parecía que le hubiera metido mucho miedo. La sonrisa le llegaba de oreja a oreja, y era un gesto bonito porque se transmitía a toda ella pues ojos, cabello y piel brillaron como estrellas caídas. Ahora tenemos que decidir cuál es nuestro rumbo. «Apenas queda comida para uno, así que dos lo pasaremos mal si no hacemos escala pronto».

«No hay problema. Te llevaré a mi casa, está cerca. La tercera estrella después de esa nube: Erercrwn». «Nunca oí hablar de él».

«Te gustará. Mi nombre es Delaira o Bezem, del clan Aguafría, en las Rocas del Despeñadero, raptada por los Caminantes de Estrellas y convertida en uno de ellos en aspecto, que no en corazón».

jueves, 6 de diciembre de 2007

CAPÍTULO 20. DONDE SE LLEGA A LA ADUANA, PARTE II, Y SE LOGRA SALIR DE ELLA.

*Hasta ahora:

Por fin en el espacio, lejos del planeta y las persecuciones. Aunque pasar la aduana tampoco parece que vaya a ser tarea sencilla. Nada más llegar, Timoteo ya se ve perdido en el laberinto burocrático y condenado a esperar.


Después del profundo mordisco del frío espacial, que había hincado sus dientes hasta el tuétano y dejado marca en sus miembros, obtusos y ateridos desde entonces, el tiempo pasado en la covacha que formaban las grandes raíces de aquellos «árboles llorones, no se me ocurre otro nombre» le había sentado a las mil maravillas. Sin embargo también le roía las tripas desmigando una ya de por sí débilmente cimentada paciencia en cuanto a la burocracia. «Odio a los funcionarios, y odio sus papeles» era el pensamiento que una y otra vez conseguía escapar de la profundidad de su mente y atravesar el frágil intento de permanecer tranquilo. Y en cada ocasión rebullía inquieto acordándose del Míle, y también de la sílfide. Hasta que volvía a calmarse y procuraba distraerse observando el bosquecillo.

La primera imagen de idilio desaparecía al observar de cerca el valle. No había hierba en el suelo; estaba cubierto por el humus de las hojas caídas y el polen, que al llegar al suelo titilaba agónicamente un par de veces y se apagaba. Tampoco había más vida allí que los árboles, ni insectos ni ningún animal de mayor tamaño; por supuesto, no había más plantas que aquellos árboles. E incluso ellos no tenían fácil la supervivencia, habida cuenta de las vueltas que daban sus raíces entrando y saliendo de la roca buscando una grieta en la que pudieran introducirse y encontrar sustento.

Los otros viajeros, que a primera vista parecían estar descansando de su largo periplo por los regiones desconocidas del espacio, en realidad se tiraban en cualquier hueco y hacían lo mismo que Timoteo: acumular toda la paciencia de la que eran capaces, ya que no había otra manera de salir de allí que esperar a que fueran convocados por los funcionarios. Las puertas sólo se abrían al valle, no de vuelta; alguno ya lo había intentado, seguido por las miradas ávidas de todos, ya que el que más y el que menos se había planteado largarse de allí sin cumplir los trámites. Los verticales acantilados se ocupaban de cualquier otra opción de salida.

La colección de rostros variaba poco y lentamente. No había tanto tráfico espacial como se había imaginado Timoteo. Y el turno de llamada no guardaba relación con el de llegada, como todos comprobaban con cierto enfado cuando veían que alguno que no llevaba tanto tiempo como ellos en aquella cárcel salía con presteza al oír su nombre. «Parece que el orden es más por dinero del comerciante o por el valor de la carga", deducía el capitán del Míle, aunque tampoco fuese correcta aquella lógica como atestiguaba un hombre orondo y de ricos ropajes que esperaba desde hacía casi tanto tiempo como él.

«..., capitán mercante de la nave Míle». Tardó un tiempo en reaccionar tras escuchar su nombre. Se puso en pie con sonoras quejas de sus rodillas que habían estado demasiado rato en la misma posición, y levantó la mano: «aquí». En lo alto del valle, cerca de las puertas, se encontraba un funcionario. No era el mismo que le recogió en los muelles pero podría haberlo sido. No sólo vestían igual y estaban cortados por el mismo patrón, «parecen todos iguales». Con una mueca subió la pendiente hasta el hombre, quien no le dedicó ni una mirada sino que giró sobre sus talones casi con la gracia de una bailarina, a la que recordaba por sus largos ropajes, y se dirigió a una entrada vecina.
El despacho estaba bien dentro de la roca. No tenía ventanas y el funcionario y Timoteo habían dado un buen paseo por un largo pasillo hasta llegar allí. El burócrata lo había dejado a la puerta. Ahora estaba de pie delante del agente de aduanas que miraba alternativamente su ruda cara y los documentos que le había entregado, frunciendo la boca por lo que el largo bigote que caía por las comisuras se meneaba, revoltoso. Timoteo tenía la sensación de volver a estar en la escuela, cuando el maestro le llamaba la atención y le hacía quedarse después de clase para hablar con él; según recordaba, "ahora era cuando venía el rapapolvo».

El anciano se rascó la calva cabeza apartando el ridículo gorro que indicaba su alto cargo. «¿Sabes que estos papeles son falsos? Una buena falsificación, no obstante, de las mejores que he visto, añadiría, pero falsificación al fin y al cabo, no hay duda alguna». Timoteo no dijo nada, ¿qué podría decir?. «El sello es bueno y mira que es de lo más difícil. Yo mismo lo he intentado algunas veces, por aburrimiento, entiéndelo, estar en el espacio es muy tedioso, y tengo buena mano con la caligrafía ya que mi padre fue un maestro en la escuela estatal». Levantó la vista hacia el capitán del Míle y éste no pudo por menos que fijarse en sus ojos; para la edad que gritaban las arrugas de la frente y el cuello, las pupilas mantenía vivo el color y el brillo de la juventud, un destello jovial, no los había abandonado. «¿Qué tendría que hacer yo ahora? Realmente me pones en un brete. Ya estoy mayor para estas situaciones, tanto hacía de la última que entonces se condenaba a muerte a los infractores lanzándolos al espacio libre. No es algo con lo que me apetezca cargar después de todo este tiempo, sobre todo siendo a todas luces una chiquillería pues nadie se atrevería a lanzarse universo traviesa con una chalupa enclenque como la tuya. Nos hemos puesto en comunicación con el Senado y no hay ninguna orden de búsqueda y captura contra alguien que responda a tus características, y no puedes utilizar un hechizo de cambio de imagen pues nuestros árboles daarti eliminan toda la magia que entre en contacto con ellos». Timoteo seguía callado, el burócrata estaba lanzado en su perorata y no le iba a dejar meter cuchara, pero además una mezcla de sorpresa y miedo le paralizaba; un huracán podía solventarlo, el mundo del papeleo le resultaba totalmente desconcertante. «Dame una buena explicación y te dejaré pasar».

Timoteo parpadeó un par de veces. «¿Una explicación?» «Sí, sí. Dime por qué lo has hecho». Por la cabeza del capitán del Míle pasaron las opciones rápidamente: mentir, no parecía un hombre capaz de dejarse engañar con facilidad; decir la verdad, «no me creería». Salir de aquel despacho parecía complicado, y punto por punto imposible abandonar luego la aduana aunque no hubiera visto guardias; «este pedazo de roca es suficiente defensa».

«Sólo quiero descubrir nuevos planetas, quizás que una roca como ésta lleve mi nombre». El viejo se quedó callado por un momento, y luego se rió: «¡Menuda tontería!». Se secó las lágrimas mientras hipaba de risa. «En fin, mis ojos ya no son lo que era, igual necesito ya un retiro, volver a tener hierba bajo las babuchas… Estos documentos parecen estar correctos».

Y siguió riéndose mientras Timoteo recogía los papeles y se daba la vuelta. Hubo un momento que se calló, el corazón del capitán del Míle se detuvo ese instante, y murmuró para sí: «igual está tan loco como para que sea verdad, sólo hay que ver el barco», y siguió riéndose.

٭ ٭ ٭

«¿Alguno de vosotros podría explicarme lo que ha pasado ahí dentro?». Atrás quedaba ya la aduana, desapareciendo en la sombra del planeta, y el Míle surcaba de nuevo la negrura protegido en su burbuja de aire. Comparado con el poder de los árboles del satélite rocoso la verdad era que el hechizo del viejo del Barrio del Bosque resultaba un tanto aguado, pero bien abrigado Timoteo no tenía frío. Sentado al timón, otra preocupación nublaba su pensamiento. Una vez más, fue el espectro, pájaro de mal agüero, quien la puso en palabras: «¿cuál es nuestro destino? Y no me respondas con un sinsentido poético», advirtió antes de que el capitán tuviera opción de abrir la boca. Resultó sorprendente para ambos que la conversación la continuase la sílfide: «¿Aespix?». «Eso es la boca del lobo», y también esta respuesta estaba fuera de lo normal ya que era el espectro quien la había dicho, el que normalmente disfrutaba poniendo en peligro de muerte a los demás porque él ya estaba muerto. Y luego añadió, aunque ya no tenía nada que ver con lo que estaban tratando, «esto me suena».

Porque hacia ellos se dirigía, agrandándose más y más, una bola de fuego blanco, cegadora como un sol y ardiente como un infierno. Una estrella fugaz. Un cometa.

«Ahora sí que lo tenemos crudo».

domingo, 2 de diciembre de 2007

CAPÍTULO 19. DONDE SE LLEGA A LA ADUANA, PARTE I


*Hasta ahora:

Desde que el meteorito chocara contra su barco, Timoteo se ha sentido bajo una constante persecución. Hasta ahora ha conseguido librarse, aunque, al final, le han robado la estatuilla en forma de dragón y ha escapado del planeta gracias a un conjuro que permite que el Míle viaje por el espacio.


La aduana estaba ya a la vista. Un trozo de roca perdido en el espacio atrapado por la atracción del planeta. Gris oscuro, cubierta su superficie por cráteres como un escudo está abollado tras la batalla. Sólo los barcos amarrados a los muelles de piedra en la cara oculta del satélite y los fuegos volantes sujetos con argollas haciendo las veces de boyas daban alguna señal de vida al erial. Y la galera de guerra que patrullaba los alrededores, claro.

«¡Qué diferentes del pequeño Míle son estos barcos!» El casco estaba recubierto de hierro y no tenían velas ni mástiles. Largos como una vida, de afiladas quillas como si navegaran sobre roca viva.

Desde la cubierta de la galera, un hombre agitó un farol. Señas inequívocas para todo navegante: «amarra el barco».

No quería parecer sospechoso, más de lo que ya lo era el Míle. Giró el timón y dirigió el barco a uno de los muelles libres.

٭ ٭ ٭

De cerca los barcos no parecían tan grandes. No es que hubieran dejado de serlo, pero tal era su tamaño que Timoteo había perdido totalmente la perspectiva. Estaba de pie en el muelle construido con grandes bloques de piedra arrancados del corazón de roca que era el satélite, esperando al agente de aduanas que caminaba hacia él desde la caseta que debía amparar las oficinas del amarradero, construido bajo un farallón de paredes prácticamente lisas. Le daba un poco de angustia dejar al Míle ahí solo. «No sólo es que haga poco que vuelvo a tenerlo, no me gustan estos barcos».

Moles de metal forjado, grabadas con formas de unas olas que nunca acariciarían aquellas planchas, bordas tan altas como murallas y sujetos a tierra con cadenas dignas de semejantes titanes. Levantados a ambos lados del pontón, su presencia devoraba cualquier otra cosa. Especialmente a los recién llegados.

Timoteo había sentido cierto desasosiego al desembarcar, al salir de la burbuja protectora que rodeaba el barco. Tampoco es que se sintiera sorprendido cuando comprobó que podía respirar perfectamente en el muelle pero sí tremendamente aliviado.

«¿Has tenido buen viaje?», aunque era una fórmula de saludo por el vistazo que le dirigió a las elegantes pero aparentemente frágiles líneas del Míle resultó evidente que había ciertos matices de preocupación y extrañeza. «Luego preguntará sobre el barco», Timoteo estaba seguro.

«Si eres tan amable de acompañarme rellenaremos los formularios». El agente de aduanas echó a andar de vuelta a la caseta y Timoteo siguió su brillante y calva coronilla. Ahí afuera hacía frío y la vestimenta del hombre no parecía destinada a proteger de las bajas temperaturas. «Qué raro, si vive y trabaja aquí».

La construcción era baja, hecha en madera y piedra y se apoyaba en la pared de roca que subía hasta casi perderse de vista. Había una grieta justo al unirse acantilado y tejado, la única que había visto Timoteo. Dentro la mayor parte del espacio lo ocupaba una gran sala con varios círculos de piedra que rodeaban grandes fogatas; un agradable calor se extendía por la habitación. Había varias mesas colocadas a lo largo de las paredes; los funcionarios hablaban alegremente entre ellos sin hacer el menor caso a los recién llegados. Pero no había duda alguna. Si algo llamaba la atención de la estancia, y Timoteo no tenía duda alguna de que así ocurría, era el enorme, nudoso, retorcido tronco que giraba sobre sí mismo hasta el punto de crear la ilusión de que estaba formado por muchos árboles unos pegados a otros. Nacía de un círculo excavado en el suelo en pleno centro de la sala. No tenía ramas, ni un solo brote. Daba una vuelta antes de llegar al techo y reptaba por él hasta el fondo, donde había una puerta doble, y luego subía. «La grieta en la montaña. Es esto».

El agente de aduanas que le había ido a recoger se dirigió a su mesa y mojó una pluma y miró a Timoteo. Fue un rápido interrogatorio de nombre, cargo y función, motivo del viaje y transporte. Lo más complicado fue a la hora de convencer que realmente era un viajero del espacio capitaneando un barquito tan peculiar, «es un viaje de prueba para la compañía de correos del senador Eban Ilardi, y no sabiendo si va a funcionar no ha querido invertir en una nave de estrellas. Ya tengo suficiente reparo en esta aventura para que vos me pongáis más nervioso», pero Timoteo ya había tratado con otros funcionarios y sabía que la mejor mentira es la que contiene grandes dosis de verdad. Los senadores eran empresarios ambiciosos porque tenían el poder a mano, todos los funcionarios aspiraban a entrar en el Senado y montar sus propios emporios, así que a su manera de pensar no era extraña una expansión interplanetaria; quizá, lo raro era que todavía no lo había intentado ninguno. El ignoto universo daba miedo a los hombres de dinero.

Un «ajá» y una elaborada firma le indicaron que había terminado allí. «¿Ya?». «No. Ahora el funcionario al cargo debe revisar que vuestros documentos están en orden. Yo sólo me ocupo del registro de atraques. Tendrás que esperar». Con un «burócratas» refunfuñado entre dientes, Timoteo se dirigió al fondo de la sala, a la doble puerta detrás del extraño tronco, siguiendo su giro hacia el techo de roca.

Al traspasar la salida vio lo que nunca hubiera esperado encontrar en un pedazo de roca andante por el espacio. Entre los collados cortados a pico se abría un valle idílico y primaveral, un bosque abierto de árboles hermanos al que se encontraba en la sala de registros, esparcidos aquí y allá, con las ramas vueltas y revueltas y de grandes hojas de cinco picos que dejaban caer un polen brillante que Timoteo hubiera jurado que eran lágrimas de estrellas. Apoyados en los retorcidos troncos cuyos huecos formaban suaves apoyaderos, otros viajeros atrapados como él en el laberinto burocrático de la aduana esperaban alrededor de fogatas que eran innecesarias. Los propios árboles despedían calor de su corteza que provocaba la agradable temperatura y proporcionaban luz con sus gotas de polen convirtiendo el valle en una eterna puesta de Sol. Ahora entendía Timoteo las ligeras ropas del funcionario, y también que pudiera respirar allí sin hechizo alguno. Aquellos árboles eran un verdadero tesoro.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

CAPÍTULO 18. DONDE DA COMIENZO UNA NUEVA AVENTURA QUE SIGUE A LA ANTIGUA

*Hasta ahora:

Después de ser torpedeado por un meteorito durante una tormenta, y que este meteorito resultara ser una temible máquina de guerra, la vida de Timoteo se ha vuelto más agitada que de costumbre. Perseguido por diferentes personas, sólo se le ocurre una salida: huir del planeta. Pero eso tampoco le va a resultar fácil. A punto de ser atrapado por unos asesinos llamados Crid, Timoteo llega hasta su barco y huye, dejando atrás a su viejo amigo, el Topo.


El viento soplando con fuerza, hinchiendo sus ropas, revolviéndole el pelo. El frío mordiéndole en las mejillas, la nariz y su única oreja. Los ojos llorosos por la velocidad; «tengo que buscar dónde dejé las lentes». La carcajada histérica, casi salvaje que las corrientes de aire lanzaban al arremolinarse a lo largo del esbelto casco del Míle. El propio barco, elegante, arrogante.

Tantas cosas que hacían que su corazón latiera con entusiasmo casi bárbaro. Y ahora nada de eso le importaba. Mientras trataba de centrarse en gobernar al Míle, que brincaba entra las nubes como un becerro por las rocas, un solo pensamiento se repetía una y otra vez, como si tuviera la cabeza vacía y el eco lo repitiera, rebotando por las paredes del cráneo: «espero que el Topo esté bien». No acostumbraba a dejar gente que le importara atrás; de hecho, no recordaba ni una sola ocasión en que actuara así. Y le escocía. Mucho.

«¿Cuál es nuestro destino?», quiso saber el espectro, que se mostraba más reticente a desaparecer de nuevo cuando estaban en el Míle. «Eso, eso. ¿Adónde vamos?», se unió a la pregunta la vocecilla encerrada en el mascarón de proa. «Arriba» fue la respuesta del capitán.

«¿Arriba cuánto?» Pero esa cuestión quedo sin contestarse. Timoteo fijó el timón y aseguró las sogas de la vela, que tironeaba del mástil en una vana carrera contra el propio barco del que formaba parte. Para cuando se hubo puesto todo lo que tenía de abrigo encima y encontrado las lentes protectoras de los ojos, lo que le costó más de un golpe en unos dedos que empezaba a estar demasiado ateridos y varios refunfuños por su mala memoria y por su manía de no dejar las cosas siempre en un sitio reconocible y fácilmente encontrable, hasta el propio Míle había dejado de lado la euforia y cabeceaba dubitativo al encontrar ante su quilla nada más que estrellas.

«Estás decidido a dejar el planeta, entonces». El espectro se puso a su lado, observando al igual que él los rutilantes puntitos que salpicaban el cielo nocturno. Se giró hacia él y mantuvo la vista fija hasta que Timoteo también lo miró. «Te robaron la figurilla, ¿recuerdas?» «¿Cómo voy a olvidarlo?» «Quiero decir, ya no la tienes, no interesas a nadie». «Algo que a los Crid no les impidió intentar agujerearme», y el espectro no tuvo más remedio que callarse porque tenía que admitir que Timoteo hablaba con razón.

«Esa estatuilla sólo ha dado problemas…»

El aire empezaba a enrarecerse, la respiración era dificultosa y el frío mordía con saña furibunda. El último jirón de la nube más alta quedó atrás y ante ellos se abrió una visión incomparable. Nadie habló, ni siquiera el Míle emitió un solo crujido. Atrás, como aguadas pinceladas, las nubes. Delante, el negro universo. No tan oscuro como pudiera imaginarse, un negro sólido y espeso, moteado, agujereado, traspasado por cabezas de alfileres que les observaban, abriendo los brazos para recibirles como amigos que nunca supiste que estaban ahí, sonriéndoles, latiendo luz. Paz. Una tranquilidad letal, ya que allí no había aire que respirar ni calor que alentara la vida.

El pergamino quedó desplegado en un gesto rápido y la mano de Timoteo lo aplastó contra la quilla. Nada, durante un momento. Luego las runas cobraron vida, se deslizaron del pergamino a la cubierta y desde allí rodearon al Míle. Y lo que estaba a punto de convertirse en una tumba adquirió vida.

Sólo visible de reojo y por un ligero reflejo, una burbuja rodeaba el barco; cálida, de aire con aroma a campo después de la lluvia, emitía un ligero resplandor no perceptible mirándolo directamente pero que permitía ver todo el barco cuan largo y ancho era.

«Nunca hubiera dicho que funcionaría». «Una vez más, tendrás que esperar». El espectro se encogió de hombros. «Da igual. Tengo curiosidad por saber cómo acaba esto».

Y así dejaron detrás su viejo mundo. Ante ellos el océano más vasto jamás surcado, la inmensidad más enorme que imaginarse pudiera. La vela henchida por un viento inexistente, la digna sílfide oteando el espacio y el espectro subido al mascarón. El único tripulante con vida al timón. «¿Qué rumbo, capitán?»

«Todo recto, hasta el amanecer».

lunes, 12 de noviembre de 2007

CAPÍTULO 17. DONDE EL PELIGRO SE HACE REALIDAD

*Hasta ahora:

Timoteo y el Topo se han repartido los deberes: encontrar un hechizo para salir del planeta y los documentos para pasar la aduana. Cada uno vuelve a casa por separado, ambos con sus respectivos objetivos alcanzados. Pero el Topo se ha encontrado con un imprevisto que les obliga a huir tras quemar la casa.


«¿Tenías que hacer eso?». «Nos da tiempo». «Lo sé, pero… ¡tu casa!».

Estaban lo suficientemente lejos del pueblo para permitirse un descanso. Aún lo veían, allá abajo en la lejanía, pues estaban acomodados en la ladera de una loma justo en la linde del bosque pero sin perder de vista el camino para asegurarse de que no les siguieran. Con un poco de agua se lavaban los restos tiznados de sus manos y rostros. Todo caminante a aquella hora era sospechoso, más aún si a todas luces acababa de salir de un incendio.

La villa bullía de actividad. Pequeñitos como hormigas, los vecinos correteaban por entre las viviendas intentando reducir a inofensivos rescoldos las voraces lenguas ígneas que saltaban de lo que hasta esa tarde había sido la casa del Topo y que ahora amenazaban con hambrienta insistencia saltar a los edificios circundantes. Ya habían conquistado la copa de un árbol cercano, a medio camino entre la gigantesca hoguera y el bosque colindante. Si las llamas alcanzaban a sus hermanos el desastre podía ser descomunal y pronto el pueblecito no sería más que un recuerdo en las crónicas… o ni siquiera eso, de tan pequeño que era.

Al Topo no parecía pesarle en absoluto los aprietos a los que había sometido a sus vecinos. Mascaba con fruición unos frutos secos. «No he cenado», gruñó por respuesta a la mirada de Timoteo.

«¿No crees que va siendo hora de que me cuentes qué ha pasado?». «Unos documentos para pasar aduanas interplanetarias no son fáciles de falsificar. No he podido acudir al tipo habitual. Buen hombre, sabe mantener la boca cerrada. El otro, no».

«¿Quiénes son?». «Crid, yo creo. No los vi en ningún momento, y si noté que me seguían fue porque querían que lo supiese. Así que yo no soy la presa». Un instante de silencio. «El incendio los despistará por un tiempo». «Eso espero».

Las últimas palabras del Topo aún no se habían desvanecido en el frío aire nocturno cuando un siniestro silbido las seccionó de cuajo. Sólo la primera nota vibró en la noche y los dos ya habían saltado y rodado por el suelo. La fina hoja de centelleante acero quedó, solitaria y cimbreante, hundida hasta el mango en la hierba aplastada por el cuerpo de Timoteo. La segunda buscó su corazón de nuevo pero ya nadie había a la vista. En el cielo noche sin luna, y sin estrellas pues recias nubes como mantas de estopa ocultaban con obstinación la bóveda celeste.

٭ ٭ ٭

«¿Cómo lo has sabido?», farfulló el Topo. Apartó las desnudas ramitas de un arbusto que le arañaban la cara y siguió andando todo lo deprisa que podía evitando hacer ruido en la espesura. Timoteo caminaba junto a él, mirando tantas veces atrás como al suelo para evitar las raíces traicioneras que se levantaba del suelo como recios cepos en ávida busca de presa que quebrar. «Vi al cenizo éste en el bosque». «He venido a buscarte, pero parece que tendré que esperar un poco más», rió el espectro como si se encontrase en mitad de un juego y tuviese apenas nueve años y estuviese en compañía de sus camaradas de pandilla en la plaza del pueblo. El Topo miró más o menos en la dirección del espectro. «Tendría que habérmelo imaginado cuando me dio el escalofrío».

«El escondite del Míle no queda lejos. Sólo tenemos que llegar antes y ellos no saben dónde está». El bosque, de árboles altos y separados, no iba a servirles de escondite mucho tiempo pero estaba claro que no podían salir al camino de nuevo pues allí serían más visibles. Pero el sitio que indicaba Timoteo estaba al otro lado del camino, donde se levantaba otro bosquecillo. Distinto; éste era de hayas, y por alguna razón de ésas de las que sólo la Naturaleza sabe la razón, a pocos pasos se habían congregado castaños, robles y algún nogal despistado.

Los tres se miraron. Al espectro la situación parecía divertirle enormemente y una sonrisilla de suficiencia y totalmente insufrible se pintaba en su cara. El Topo, en cambio, dejaba a las claras con su gesto que no le hacía ninguna gracia aunque «no se me ocurre nada mejor».

El camino parecía despejado. Claro que, siendo Crid sus perseguidores no los verían hasta que el último suspiro arrancara la conciencia sus ojos vidriosos y moribundos. Tenían sus buenas zancadas para cruzar a campo abierto. Si eran listos, y lo eran, algunos habrían entrado en el bosque pero al menos uno habría quedado en la linde de la vía; «es lo que hubiéramos hecho nosotros», razonaron los dos amigos.

Timoteo sacó la ramita más pequeña. Era el método más sencillo para decidir a quién le tocaría la peor parte… que era salir segundo. El primero cogería por sorpresa al vigilante. Mientras esto pasaba por la cabeza del capitán del Míle, cuyo corazón bombeaba emociones contradictorias ante la perspectiva de reencontrarse con su barco, el Topo dijo: «no vale la pena pensárselo más» y salió corriendo. Durante un trecho fue recto, el suficiente como para que alguien reaccionase, y luego giró a un lado y a otro y en zigzag llegó al bosquecillo vecino sin que nada sucediera. Lógico, era lo esperado.

«Te veo… al otro lado», a Timoteo no le gustó nada la sonrisita del espectro.

No había movimiento alguno, ni tampoco sonidos. Arriba, el cielo seguía cerrado y no había luz de ninguna clase que provocara sombras. La brisa nocturna era ligera y apenas llegaba para acariciar la punta de las hojas y la hierba. Calma. Por supuesto. ¿Qué otra cosa podía ser?

No cogió aire, no pensó en las ramitas quebradas. Sólo correr. Salto a un lado y, antes de que el segundo pie llegara al suelo, agachado, nuevo salto y cambio de dirección. Las finas hojas de muerte seguían a Timoteo como la estela a la quilla del barco. Adelante, a la derecha o a la izquierda, nunca atrás porque te frenas. El aire que se abre, sesgado, y el recuerdo de una oreja que ya no está. Y, al fin, el abrigo de los árboles. El ululato que siguió les advirtió que pronto habría más pero el tiempo que tardaba el depredador en dar la posición les daba a ellos la oportunidad de sacar unos pasos.

Ya no importaba el sigilo. Tampoco los arañazos y los enganchones, iban tan rápido que se enteraban del obstáculo cuando éste ya colgaba de un jirón de sus ropas o una impertinente gota de sangre caía sobre los ojos. Timoteo sabía dónde estaba el Míle, y aunque se hubiera desorientado en la sucesión de ramas, hojas y jadeos que era ahora su mundo porque notaba su llamada en el corazón. Sí, el barco se alegraba de verlo de nuevo.

«¿Qué os pasa que venís con tanta prisa?». ¡Qué alegría esa voz chirriante! Pero el capitán no se paró a disfrutar de cómo le taladraba los oídos. Saltó a la cubierta y en el mismo movimiento se hizo con la pequeña hacha. Cortó todas las sogas y sólo le dedicó un pasajero pensamiento a cómo volvería a anclar el barco en caso de necesidad. Seis había necesitado para mantener al Míle posado y bien sujeto. No soltó la vela, no la necesitaba para ascender. Algo le escamó cuando fue él quien cortó las seis cuerdas, perdió un precioso instante en ver que las de babor estaban aún atadas cuando ya había cortado las de estribor.

El Míle se desperezó con alegría salvaje. Era libre de nuevo; volvía al cielo, volvía a casa. Crujió la madera, henchida de furioso júbilo por el pasado cautiverio. Fue entonces cuando Timoteo se dio cuenta de que estaba solo. Se lanzó sobre la borda

Abajo, el Topo le dijo adiós. «Yo no voy». «¡Los Crid!». «No soy la presa». «Sube, ven conmigo». «¿Qué haría yo en otro planeta? Además sólo hay documentos para uno. Haré lo que mejor sé hacer: esconder a alguien, sólo que ahora el cliente soy yo». Y con la sonrisa pícara que Timoteo no veía desde los diez años, el Topo se escabulló entre los árboles. Él tuvo que agacharse cuando tres destellos asesinos se clavaron en la madera a pocos centímetros de su nariz. Se apartó de un salto pero ya no tenía nada que temer. El Míle había sobrepasado las copas de los árboles y ahora era el momento de arriar la vela. Apenas un parpadeo después, el pequeño barco era un recuerdo en el cielo.

viernes, 26 de octubre de 2007

CAPÍTULO 16. DONDE SE DICE AQUELLO DE «TENEMOS UN PROBLEMA».


*Hasta ahora:

Aunque no hay ningún documento oficial que lo anuncia, Timoteo sabe que un funcionario del senado le persigue para hacerse el autómata de guerra. La única opción que se le ocurre es escapar del planeta pero para ello necesita unos documentos para pasar la aduana y un hechizo para que el Míle pueda navegar por el espacio. Ya ha comprado la magia, ahora sólo tiene que esperar a que su amigo el Topo vuelva con la documentación…


Timoteo había caminado buena parte de la noche. En silencio y solo porque el espectro había vuelto a largarse. No había aflojado el paso en el trecho desde el Barrio del Bosque hasta la casa del Topo y llegó cubierto de una pátina de sudor que le cubría la cabeza de vaho al entrar la cálida humedad en contacto con el frío aire nocturno.

Nada más cerrar la puerta, la oscuridad y el silencio le recibieron. Y también el frío. La temperatura no se había caldeado al entrar en la casa. «El Topo aún no ha vuelto». Se demoró en encender la chimenea, lo que le costó un tanto ya que la leña estaba húmeda y chisporroteó un rato antes de prender. Pero el calorcito que al poco fue extendiéndose por entre los rincones compensó el esfuerzo. Cogiendo un trozo de pan duro y queso de la alacena bajó a la bodega, hasta el escondite.

Allí no hacía efecto el fuego de la chimenea pero no fue ésa la única razón por la que se le erizaron los pelillos de la nuca. El farol que estaba encendido cuando él había salido había desaparecido, y con la poca luz que llegaba del piso superior Timoteo podía ver el estante para botellas caído en el suelo y la puerta del escondite abierta. Nada más alcanzaba a vislumbrar.

En pocas zancadas había vuelto arriba y cogido una tea y vuelto a bajar. Chapoteó en el charco de vino sin hacer caso a los eventuales crujidos de los trozos de cristal que se partían bajo la suela dura de sus botas. Su corazón, que había empezado a latir a toda velocidad cuando descubrió el estropicio, se negó a dar un latido más en cuanto entró en la pequeña habitación que era su escondite.

Ahí estaba más o menos todo igual. Igual porque las camas seguían en su sitio, y la mesa y las sillas. Pero su petate estaba vacío y su contenido por el suelo. Aunque no todo. Al primer vistazo identificó lo que faltaba pero aún así buscó debajo de las literas y de las ropas y por el escaso suelo, y luego salió a la bodega para asegurarse que no estaba entre las sombras.

La estatuilla con forma de dragón no estaba por ninguna parte. Y tampoco el viejo.

Subió arriba aún con la tea en la mano y perdió un tiempo que él sabía infructuoso pero que para su tranquilidad no podía dejar de usarlo en buscar por las otras dos habitaciones de la casa, cocina y dormitorio del Topo, y en el altillo. Por supuesto, la casa estaba vacía.

Salió a la puerta principal y se dio de bruces con el Topo.

«¿Qué haces con eso?», gruñó el hombrecillo quitándole la improvisada antorcha de las manos y lanzándola con puntería hacia la chimenea, donde se desmoronó la pirámide que había formado Timoteo para encender el fuego. «El viejo se ha largado y me ha robado». «No tenía pinta de ser tu amigo», el Topo le empujó para dentro de la casa. «¡Que me ha robado!». «Olvídate. Tenemos un problema. ¿Conseguiste el hechizo?».

Quizás fuera el tono apremiante en la voz, los movimientos convulsos o leve temblor de sus pequeñas manos de largos dedos pero toda la atención de Timoteo se concentró en su amigo. Como respuesta sacó el rollo de papel de su bolsillo. El Topo le puso en las manos otro escrito: «los documentos para la aduana. Recoge tus cosas».

Dicho y hecho. No en vano se conocían desde hacía tiempo y no eran frecuentes ni largas sus estancias en el lado correcto de la ley. Hay momentos en los que no se ha de pensar y los síntomas del Topo evidenciaban que éste era uno de ellos. ¿Qué había pasado? Eso daba igual si luego uno tenía tiempo de enterarse, pero primero había que conseguir ese tiempo.

Si Timoteo había subido rápido a por algo de luz cuando descubrió el desaguisado de la bodega, ahora fue aún más raudo. De un solo barrido metió sus pertenencias desperdigadas en el petate y salió de la habitación

Arriba, el Topo no había perdido el tiempo. Aprovechando la lumbre que había encendido su amigo la esparció por la casa acumulándola al lado de tela y madera que ya prendía y las llamas crecían a toda velocidad con hambrienta furia. Ahora llenaba un par de saquitos con alimentos que pudieran conservarse un tiempo en la alacena. No mucho, sólo para un par de días quizás.

Se reunieron en el salón, ya prácticamente conquistado por el fuego. Timoteo llevaba a la espalda su bolsa y cogió la que le tendía su amigo llena de comida. Por su parte el Topo se quedaba con uno de los saquitos y en la otra mano tenía el último tocón ardiente. Salieron por la puerta de atrás, la que daba al bosque y luego el dueño de la casa terminó de prenderle fuego.

domingo, 7 de octubre de 2007

CAPÍTULO 15. DONDE SE COMPRA UN HECHIZO, POR FIN, CON ALGUNAS DIFICULTADES. PARTE II


*Hasta ahora:

Guiado por las indicaciones del chatarrero, Timoteo llega a la cabaña del hechicero, un personaje de personalidad cambiante y mal humor permanente que no parece muy dispuesto a ayudar su visitante hasta que no ve el dinero.


«¿Cuál es tu problema, hijo?», quiso saber el enclenque hechicero acariciando con los ojos la bolsa de las monedas. «¿En serio quiere saberlo?». «Estoy aburrido y me apetece una buena historia. ¡Y no se te ocurra estropeármela con la verdad!». Timoteo parpadeó un par de veces sorprendido ante los cambios de humor de su anfitrión, que ahora se sentaba en un taburete arreglándose las ropas para que no se le arrugasen, lo cual era imposible porque estaba claro que hacía días que no se cambiaba ni para dormir.

«Soy un navegante mercante y he tenido algunos problemas con las autoridades locales», empezó a hablar Timoteo, eligiendo cuidadosamente las palabras para con contar más de la cuenta. «Lo suficientemente complicados como para obligarme a tener que…». «Aburrido, aburrido. ¿No sabes contar nada mejor? ¡Largo!». Aquel personaje, con esa misteriosa energía que no podía caber en el cuerpecillo que la retenía, ya se levantaba dispuesto a abrirle la puerta. «Empiezo a estar cansado de este juego, viejo», Timoteo se mordió la lengua para no gritárselo y zarandearle, «desde luego estoy pagando caro el maldito hechizo». Y añadió en voz alta: «¡Esperad, esperad! Mejoraré la historia». Con una colección de gruñidos y bufidos y farfullando palabras a medias el ruinoso vejestorio volvió a sentarse; esta vez no hizo ni caso a cómo le quedaban las ropas.

Timoteo aún dudó un poco antes de empezar pero ya no se le ocurría cómo contentar al caprichoso mago que le escuchaba y, realmente, necesitaba ese hechizo: «en mitad de una tormenta un meteorito chocó contra mi barco, solo que no era un meteorito sino un huevo de hierro con una estatuilla dentro con forma de dragón: un autómata de guerra del planeta Aespix…». La boca del hombrecillo se fue abriendo tanto que para cuando Timoteo acabó de hablar tuvo serias dudas de si se le habría descoyuntado la mandíbula, en la que, por cierto, había más huecos que dientes. «Funcionarios corruptos, persecuciones, autómatas que participan en guerras estelares, planetas lejanos… Te lo has inventado todo, ¡seguro!, pero ha sido divertido, ji, ji, divertido, sí. ¿Qué es lo que querías?». Timoteo ahogó un suspiro de alivio: «un hechizo». «¿Y yo te he dicho que te lo daría? ¡Qué raro! Tenías dinero, ¿verdad? Bien, bien, bien. ¿Qué clase de hechizo querías?».

«Quiero ir a otro planeta pero mi barco no puede». «Un hechizo de viaje entre planetas… Muy difícil, no lo haré. ¡Largo!». A Timoteo se le acababan las ideas y la paciencia, y se quedó anonadado con el nuevo cambio de idea de su interlocutor cuando ya creía tenerlo resuelto. Y se quedó quieto, sin reaccionar. «Bueno, si insistes creo que algo tengo escrito por ahí, puedo ir a ver…», y se levantó y se escabulló entre varios libros, dejando al visitante aún más sorprendido y definitivamente decidido a retorcer el arrugado pescuezo del brujo en cuanto consiguiese lo que había venido a buscar.

Los murmullos del tipejo iban de aquí para allá entre la maraña de trastos que llenaban la cabaña, y la única manera de saber su posición era estar atento a los eventuales legajos que volaban de repente de debajo de algún mueble.

Iba Timoteo a sentarse en un escabel cuando estaba claro que estaría en la casa un tiempo cuando reapareció repentinamente el hechicero y apartó los pergaminos que el propio visitante iba a retirar. «No toques, te dije al entrar, no toques», y volvió a desaparecer de manera tan brusca como había aparecido. Como tenía libre el asiento, que era lo que quería, Timoteo no le hizo más caso. «Espero que el Topo haya conseguido los documentos o no pasaremos la aduana, ni siquiera con el hechizo».

«¡Ya está!», el vejestorio volvía con un papel en blanco, un pincel y un bote con tinta roja un tanto grumosa. Apartó de un manotazo y sin ningún tipo de cuidado varios libros y tarros que cayeron al suelo sin que ninguno se rompiera y con movimientos rápidos que tuvieron que suponer un tremendo esfuerzo para sus anquilosadas articulaciones, dibujó tres enormes letras. «Toma, lo pones en el casco cuando salgas del cielo», y se lo dio enrollado. «Y pásate por aquí algún día y dime qué tal funciona. No se hacen milagros todos los días y uno tiene su ego. Aunque, claro, si no funciona, no te volveré a ver así que también lo sabré, ji, ji». «¿Puede que no funcione?». «¿Quién sabe, hijo, quién sabe? No puede estar nunca seguro uno sobre estas cosas de la magia, muy complicadas». Por un segundo, Timoteo se planteó muy seriamente matar al hombrecillo allí mismo. «Está bien, decidme cuánto os debo».

Ahora el que parpadeó sorprendido fue el hombrecillo: «¿Dinero? No, no. Te envía Elastor». Lo acompañó hasta la puerta y le puso una empanada fría cubierta con un trapo en la mano. «Y, acuérdate: si no funciona, mátate tu mismo; es peor ahogarse con el fuego de más allá del cielo. Una muerte horrible. Me pasó una vez. Adiós, adiós, diviértete con los dragones y las guerras estelares».

Pocas veces le habían alejado tan rápido los pies de Timoteo de un lugar.