miércoles, 28 de noviembre de 2007

CAPÍTULO 18. DONDE DA COMIENZO UNA NUEVA AVENTURA QUE SIGUE A LA ANTIGUA

*Hasta ahora:

Después de ser torpedeado por un meteorito durante una tormenta, y que este meteorito resultara ser una temible máquina de guerra, la vida de Timoteo se ha vuelto más agitada que de costumbre. Perseguido por diferentes personas, sólo se le ocurre una salida: huir del planeta. Pero eso tampoco le va a resultar fácil. A punto de ser atrapado por unos asesinos llamados Crid, Timoteo llega hasta su barco y huye, dejando atrás a su viejo amigo, el Topo.


El viento soplando con fuerza, hinchiendo sus ropas, revolviéndole el pelo. El frío mordiéndole en las mejillas, la nariz y su única oreja. Los ojos llorosos por la velocidad; «tengo que buscar dónde dejé las lentes». La carcajada histérica, casi salvaje que las corrientes de aire lanzaban al arremolinarse a lo largo del esbelto casco del Míle. El propio barco, elegante, arrogante.

Tantas cosas que hacían que su corazón latiera con entusiasmo casi bárbaro. Y ahora nada de eso le importaba. Mientras trataba de centrarse en gobernar al Míle, que brincaba entra las nubes como un becerro por las rocas, un solo pensamiento se repetía una y otra vez, como si tuviera la cabeza vacía y el eco lo repitiera, rebotando por las paredes del cráneo: «espero que el Topo esté bien». No acostumbraba a dejar gente que le importara atrás; de hecho, no recordaba ni una sola ocasión en que actuara así. Y le escocía. Mucho.

«¿Cuál es nuestro destino?», quiso saber el espectro, que se mostraba más reticente a desaparecer de nuevo cuando estaban en el Míle. «Eso, eso. ¿Adónde vamos?», se unió a la pregunta la vocecilla encerrada en el mascarón de proa. «Arriba» fue la respuesta del capitán.

«¿Arriba cuánto?» Pero esa cuestión quedo sin contestarse. Timoteo fijó el timón y aseguró las sogas de la vela, que tironeaba del mástil en una vana carrera contra el propio barco del que formaba parte. Para cuando se hubo puesto todo lo que tenía de abrigo encima y encontrado las lentes protectoras de los ojos, lo que le costó más de un golpe en unos dedos que empezaba a estar demasiado ateridos y varios refunfuños por su mala memoria y por su manía de no dejar las cosas siempre en un sitio reconocible y fácilmente encontrable, hasta el propio Míle había dejado de lado la euforia y cabeceaba dubitativo al encontrar ante su quilla nada más que estrellas.

«Estás decidido a dejar el planeta, entonces». El espectro se puso a su lado, observando al igual que él los rutilantes puntitos que salpicaban el cielo nocturno. Se giró hacia él y mantuvo la vista fija hasta que Timoteo también lo miró. «Te robaron la figurilla, ¿recuerdas?» «¿Cómo voy a olvidarlo?» «Quiero decir, ya no la tienes, no interesas a nadie». «Algo que a los Crid no les impidió intentar agujerearme», y el espectro no tuvo más remedio que callarse porque tenía que admitir que Timoteo hablaba con razón.

«Esa estatuilla sólo ha dado problemas…»

El aire empezaba a enrarecerse, la respiración era dificultosa y el frío mordía con saña furibunda. El último jirón de la nube más alta quedó atrás y ante ellos se abrió una visión incomparable. Nadie habló, ni siquiera el Míle emitió un solo crujido. Atrás, como aguadas pinceladas, las nubes. Delante, el negro universo. No tan oscuro como pudiera imaginarse, un negro sólido y espeso, moteado, agujereado, traspasado por cabezas de alfileres que les observaban, abriendo los brazos para recibirles como amigos que nunca supiste que estaban ahí, sonriéndoles, latiendo luz. Paz. Una tranquilidad letal, ya que allí no había aire que respirar ni calor que alentara la vida.

El pergamino quedó desplegado en un gesto rápido y la mano de Timoteo lo aplastó contra la quilla. Nada, durante un momento. Luego las runas cobraron vida, se deslizaron del pergamino a la cubierta y desde allí rodearon al Míle. Y lo que estaba a punto de convertirse en una tumba adquirió vida.

Sólo visible de reojo y por un ligero reflejo, una burbuja rodeaba el barco; cálida, de aire con aroma a campo después de la lluvia, emitía un ligero resplandor no perceptible mirándolo directamente pero que permitía ver todo el barco cuan largo y ancho era.

«Nunca hubiera dicho que funcionaría». «Una vez más, tendrás que esperar». El espectro se encogió de hombros. «Da igual. Tengo curiosidad por saber cómo acaba esto».

Y así dejaron detrás su viejo mundo. Ante ellos el océano más vasto jamás surcado, la inmensidad más enorme que imaginarse pudiera. La vela henchida por un viento inexistente, la digna sílfide oteando el espacio y el espectro subido al mascarón. El único tripulante con vida al timón. «¿Qué rumbo, capitán?»

«Todo recto, hasta el amanecer».

lunes, 12 de noviembre de 2007

CAPÍTULO 17. DONDE EL PELIGRO SE HACE REALIDAD

*Hasta ahora:

Timoteo y el Topo se han repartido los deberes: encontrar un hechizo para salir del planeta y los documentos para pasar la aduana. Cada uno vuelve a casa por separado, ambos con sus respectivos objetivos alcanzados. Pero el Topo se ha encontrado con un imprevisto que les obliga a huir tras quemar la casa.


«¿Tenías que hacer eso?». «Nos da tiempo». «Lo sé, pero… ¡tu casa!».

Estaban lo suficientemente lejos del pueblo para permitirse un descanso. Aún lo veían, allá abajo en la lejanía, pues estaban acomodados en la ladera de una loma justo en la linde del bosque pero sin perder de vista el camino para asegurarse de que no les siguieran. Con un poco de agua se lavaban los restos tiznados de sus manos y rostros. Todo caminante a aquella hora era sospechoso, más aún si a todas luces acababa de salir de un incendio.

La villa bullía de actividad. Pequeñitos como hormigas, los vecinos correteaban por entre las viviendas intentando reducir a inofensivos rescoldos las voraces lenguas ígneas que saltaban de lo que hasta esa tarde había sido la casa del Topo y que ahora amenazaban con hambrienta insistencia saltar a los edificios circundantes. Ya habían conquistado la copa de un árbol cercano, a medio camino entre la gigantesca hoguera y el bosque colindante. Si las llamas alcanzaban a sus hermanos el desastre podía ser descomunal y pronto el pueblecito no sería más que un recuerdo en las crónicas… o ni siquiera eso, de tan pequeño que era.

Al Topo no parecía pesarle en absoluto los aprietos a los que había sometido a sus vecinos. Mascaba con fruición unos frutos secos. «No he cenado», gruñó por respuesta a la mirada de Timoteo.

«¿No crees que va siendo hora de que me cuentes qué ha pasado?». «Unos documentos para pasar aduanas interplanetarias no son fáciles de falsificar. No he podido acudir al tipo habitual. Buen hombre, sabe mantener la boca cerrada. El otro, no».

«¿Quiénes son?». «Crid, yo creo. No los vi en ningún momento, y si noté que me seguían fue porque querían que lo supiese. Así que yo no soy la presa». Un instante de silencio. «El incendio los despistará por un tiempo». «Eso espero».

Las últimas palabras del Topo aún no se habían desvanecido en el frío aire nocturno cuando un siniestro silbido las seccionó de cuajo. Sólo la primera nota vibró en la noche y los dos ya habían saltado y rodado por el suelo. La fina hoja de centelleante acero quedó, solitaria y cimbreante, hundida hasta el mango en la hierba aplastada por el cuerpo de Timoteo. La segunda buscó su corazón de nuevo pero ya nadie había a la vista. En el cielo noche sin luna, y sin estrellas pues recias nubes como mantas de estopa ocultaban con obstinación la bóveda celeste.

٭ ٭ ٭

«¿Cómo lo has sabido?», farfulló el Topo. Apartó las desnudas ramitas de un arbusto que le arañaban la cara y siguió andando todo lo deprisa que podía evitando hacer ruido en la espesura. Timoteo caminaba junto a él, mirando tantas veces atrás como al suelo para evitar las raíces traicioneras que se levantaba del suelo como recios cepos en ávida busca de presa que quebrar. «Vi al cenizo éste en el bosque». «He venido a buscarte, pero parece que tendré que esperar un poco más», rió el espectro como si se encontrase en mitad de un juego y tuviese apenas nueve años y estuviese en compañía de sus camaradas de pandilla en la plaza del pueblo. El Topo miró más o menos en la dirección del espectro. «Tendría que habérmelo imaginado cuando me dio el escalofrío».

«El escondite del Míle no queda lejos. Sólo tenemos que llegar antes y ellos no saben dónde está». El bosque, de árboles altos y separados, no iba a servirles de escondite mucho tiempo pero estaba claro que no podían salir al camino de nuevo pues allí serían más visibles. Pero el sitio que indicaba Timoteo estaba al otro lado del camino, donde se levantaba otro bosquecillo. Distinto; éste era de hayas, y por alguna razón de ésas de las que sólo la Naturaleza sabe la razón, a pocos pasos se habían congregado castaños, robles y algún nogal despistado.

Los tres se miraron. Al espectro la situación parecía divertirle enormemente y una sonrisilla de suficiencia y totalmente insufrible se pintaba en su cara. El Topo, en cambio, dejaba a las claras con su gesto que no le hacía ninguna gracia aunque «no se me ocurre nada mejor».

El camino parecía despejado. Claro que, siendo Crid sus perseguidores no los verían hasta que el último suspiro arrancara la conciencia sus ojos vidriosos y moribundos. Tenían sus buenas zancadas para cruzar a campo abierto. Si eran listos, y lo eran, algunos habrían entrado en el bosque pero al menos uno habría quedado en la linde de la vía; «es lo que hubiéramos hecho nosotros», razonaron los dos amigos.

Timoteo sacó la ramita más pequeña. Era el método más sencillo para decidir a quién le tocaría la peor parte… que era salir segundo. El primero cogería por sorpresa al vigilante. Mientras esto pasaba por la cabeza del capitán del Míle, cuyo corazón bombeaba emociones contradictorias ante la perspectiva de reencontrarse con su barco, el Topo dijo: «no vale la pena pensárselo más» y salió corriendo. Durante un trecho fue recto, el suficiente como para que alguien reaccionase, y luego giró a un lado y a otro y en zigzag llegó al bosquecillo vecino sin que nada sucediera. Lógico, era lo esperado.

«Te veo… al otro lado», a Timoteo no le gustó nada la sonrisita del espectro.

No había movimiento alguno, ni tampoco sonidos. Arriba, el cielo seguía cerrado y no había luz de ninguna clase que provocara sombras. La brisa nocturna era ligera y apenas llegaba para acariciar la punta de las hojas y la hierba. Calma. Por supuesto. ¿Qué otra cosa podía ser?

No cogió aire, no pensó en las ramitas quebradas. Sólo correr. Salto a un lado y, antes de que el segundo pie llegara al suelo, agachado, nuevo salto y cambio de dirección. Las finas hojas de muerte seguían a Timoteo como la estela a la quilla del barco. Adelante, a la derecha o a la izquierda, nunca atrás porque te frenas. El aire que se abre, sesgado, y el recuerdo de una oreja que ya no está. Y, al fin, el abrigo de los árboles. El ululato que siguió les advirtió que pronto habría más pero el tiempo que tardaba el depredador en dar la posición les daba a ellos la oportunidad de sacar unos pasos.

Ya no importaba el sigilo. Tampoco los arañazos y los enganchones, iban tan rápido que se enteraban del obstáculo cuando éste ya colgaba de un jirón de sus ropas o una impertinente gota de sangre caía sobre los ojos. Timoteo sabía dónde estaba el Míle, y aunque se hubiera desorientado en la sucesión de ramas, hojas y jadeos que era ahora su mundo porque notaba su llamada en el corazón. Sí, el barco se alegraba de verlo de nuevo.

«¿Qué os pasa que venís con tanta prisa?». ¡Qué alegría esa voz chirriante! Pero el capitán no se paró a disfrutar de cómo le taladraba los oídos. Saltó a la cubierta y en el mismo movimiento se hizo con la pequeña hacha. Cortó todas las sogas y sólo le dedicó un pasajero pensamiento a cómo volvería a anclar el barco en caso de necesidad. Seis había necesitado para mantener al Míle posado y bien sujeto. No soltó la vela, no la necesitaba para ascender. Algo le escamó cuando fue él quien cortó las seis cuerdas, perdió un precioso instante en ver que las de babor estaban aún atadas cuando ya había cortado las de estribor.

El Míle se desperezó con alegría salvaje. Era libre de nuevo; volvía al cielo, volvía a casa. Crujió la madera, henchida de furioso júbilo por el pasado cautiverio. Fue entonces cuando Timoteo se dio cuenta de que estaba solo. Se lanzó sobre la borda

Abajo, el Topo le dijo adiós. «Yo no voy». «¡Los Crid!». «No soy la presa». «Sube, ven conmigo». «¿Qué haría yo en otro planeta? Además sólo hay documentos para uno. Haré lo que mejor sé hacer: esconder a alguien, sólo que ahora el cliente soy yo». Y con la sonrisa pícara que Timoteo no veía desde los diez años, el Topo se escabulló entre los árboles. Él tuvo que agacharse cuando tres destellos asesinos se clavaron en la madera a pocos centímetros de su nariz. Se apartó de un salto pero ya no tenía nada que temer. El Míle había sobrepasado las copas de los árboles y ahora era el momento de arriar la vela. Apenas un parpadeo después, el pequeño barco era un recuerdo en el cielo.

viernes, 26 de octubre de 2007

CAPÍTULO 16. DONDE SE DICE AQUELLO DE «TENEMOS UN PROBLEMA».


*Hasta ahora:

Aunque no hay ningún documento oficial que lo anuncia, Timoteo sabe que un funcionario del senado le persigue para hacerse el autómata de guerra. La única opción que se le ocurre es escapar del planeta pero para ello necesita unos documentos para pasar la aduana y un hechizo para que el Míle pueda navegar por el espacio. Ya ha comprado la magia, ahora sólo tiene que esperar a que su amigo el Topo vuelva con la documentación…


Timoteo había caminado buena parte de la noche. En silencio y solo porque el espectro había vuelto a largarse. No había aflojado el paso en el trecho desde el Barrio del Bosque hasta la casa del Topo y llegó cubierto de una pátina de sudor que le cubría la cabeza de vaho al entrar la cálida humedad en contacto con el frío aire nocturno.

Nada más cerrar la puerta, la oscuridad y el silencio le recibieron. Y también el frío. La temperatura no se había caldeado al entrar en la casa. «El Topo aún no ha vuelto». Se demoró en encender la chimenea, lo que le costó un tanto ya que la leña estaba húmeda y chisporroteó un rato antes de prender. Pero el calorcito que al poco fue extendiéndose por entre los rincones compensó el esfuerzo. Cogiendo un trozo de pan duro y queso de la alacena bajó a la bodega, hasta el escondite.

Allí no hacía efecto el fuego de la chimenea pero no fue ésa la única razón por la que se le erizaron los pelillos de la nuca. El farol que estaba encendido cuando él había salido había desaparecido, y con la poca luz que llegaba del piso superior Timoteo podía ver el estante para botellas caído en el suelo y la puerta del escondite abierta. Nada más alcanzaba a vislumbrar.

En pocas zancadas había vuelto arriba y cogido una tea y vuelto a bajar. Chapoteó en el charco de vino sin hacer caso a los eventuales crujidos de los trozos de cristal que se partían bajo la suela dura de sus botas. Su corazón, que había empezado a latir a toda velocidad cuando descubrió el estropicio, se negó a dar un latido más en cuanto entró en la pequeña habitación que era su escondite.

Ahí estaba más o menos todo igual. Igual porque las camas seguían en su sitio, y la mesa y las sillas. Pero su petate estaba vacío y su contenido por el suelo. Aunque no todo. Al primer vistazo identificó lo que faltaba pero aún así buscó debajo de las literas y de las ropas y por el escaso suelo, y luego salió a la bodega para asegurarse que no estaba entre las sombras.

La estatuilla con forma de dragón no estaba por ninguna parte. Y tampoco el viejo.

Subió arriba aún con la tea en la mano y perdió un tiempo que él sabía infructuoso pero que para su tranquilidad no podía dejar de usarlo en buscar por las otras dos habitaciones de la casa, cocina y dormitorio del Topo, y en el altillo. Por supuesto, la casa estaba vacía.

Salió a la puerta principal y se dio de bruces con el Topo.

«¿Qué haces con eso?», gruñó el hombrecillo quitándole la improvisada antorcha de las manos y lanzándola con puntería hacia la chimenea, donde se desmoronó la pirámide que había formado Timoteo para encender el fuego. «El viejo se ha largado y me ha robado». «No tenía pinta de ser tu amigo», el Topo le empujó para dentro de la casa. «¡Que me ha robado!». «Olvídate. Tenemos un problema. ¿Conseguiste el hechizo?».

Quizás fuera el tono apremiante en la voz, los movimientos convulsos o leve temblor de sus pequeñas manos de largos dedos pero toda la atención de Timoteo se concentró en su amigo. Como respuesta sacó el rollo de papel de su bolsillo. El Topo le puso en las manos otro escrito: «los documentos para la aduana. Recoge tus cosas».

Dicho y hecho. No en vano se conocían desde hacía tiempo y no eran frecuentes ni largas sus estancias en el lado correcto de la ley. Hay momentos en los que no se ha de pensar y los síntomas del Topo evidenciaban que éste era uno de ellos. ¿Qué había pasado? Eso daba igual si luego uno tenía tiempo de enterarse, pero primero había que conseguir ese tiempo.

Si Timoteo había subido rápido a por algo de luz cuando descubrió el desaguisado de la bodega, ahora fue aún más raudo. De un solo barrido metió sus pertenencias desperdigadas en el petate y salió de la habitación

Arriba, el Topo no había perdido el tiempo. Aprovechando la lumbre que había encendido su amigo la esparció por la casa acumulándola al lado de tela y madera que ya prendía y las llamas crecían a toda velocidad con hambrienta furia. Ahora llenaba un par de saquitos con alimentos que pudieran conservarse un tiempo en la alacena. No mucho, sólo para un par de días quizás.

Se reunieron en el salón, ya prácticamente conquistado por el fuego. Timoteo llevaba a la espalda su bolsa y cogió la que le tendía su amigo llena de comida. Por su parte el Topo se quedaba con uno de los saquitos y en la otra mano tenía el último tocón ardiente. Salieron por la puerta de atrás, la que daba al bosque y luego el dueño de la casa terminó de prenderle fuego.

domingo, 7 de octubre de 2007

CAPÍTULO 15. DONDE SE COMPRA UN HECHIZO, POR FIN, CON ALGUNAS DIFICULTADES. PARTE II


*Hasta ahora:

Guiado por las indicaciones del chatarrero, Timoteo llega a la cabaña del hechicero, un personaje de personalidad cambiante y mal humor permanente que no parece muy dispuesto a ayudar su visitante hasta que no ve el dinero.


«¿Cuál es tu problema, hijo?», quiso saber el enclenque hechicero acariciando con los ojos la bolsa de las monedas. «¿En serio quiere saberlo?». «Estoy aburrido y me apetece una buena historia. ¡Y no se te ocurra estropeármela con la verdad!». Timoteo parpadeó un par de veces sorprendido ante los cambios de humor de su anfitrión, que ahora se sentaba en un taburete arreglándose las ropas para que no se le arrugasen, lo cual era imposible porque estaba claro que hacía días que no se cambiaba ni para dormir.

«Soy un navegante mercante y he tenido algunos problemas con las autoridades locales», empezó a hablar Timoteo, eligiendo cuidadosamente las palabras para con contar más de la cuenta. «Lo suficientemente complicados como para obligarme a tener que…». «Aburrido, aburrido. ¿No sabes contar nada mejor? ¡Largo!». Aquel personaje, con esa misteriosa energía que no podía caber en el cuerpecillo que la retenía, ya se levantaba dispuesto a abrirle la puerta. «Empiezo a estar cansado de este juego, viejo», Timoteo se mordió la lengua para no gritárselo y zarandearle, «desde luego estoy pagando caro el maldito hechizo». Y añadió en voz alta: «¡Esperad, esperad! Mejoraré la historia». Con una colección de gruñidos y bufidos y farfullando palabras a medias el ruinoso vejestorio volvió a sentarse; esta vez no hizo ni caso a cómo le quedaban las ropas.

Timoteo aún dudó un poco antes de empezar pero ya no se le ocurría cómo contentar al caprichoso mago que le escuchaba y, realmente, necesitaba ese hechizo: «en mitad de una tormenta un meteorito chocó contra mi barco, solo que no era un meteorito sino un huevo de hierro con una estatuilla dentro con forma de dragón: un autómata de guerra del planeta Aespix…». La boca del hombrecillo se fue abriendo tanto que para cuando Timoteo acabó de hablar tuvo serias dudas de si se le habría descoyuntado la mandíbula, en la que, por cierto, había más huecos que dientes. «Funcionarios corruptos, persecuciones, autómatas que participan en guerras estelares, planetas lejanos… Te lo has inventado todo, ¡seguro!, pero ha sido divertido, ji, ji, divertido, sí. ¿Qué es lo que querías?». Timoteo ahogó un suspiro de alivio: «un hechizo». «¿Y yo te he dicho que te lo daría? ¡Qué raro! Tenías dinero, ¿verdad? Bien, bien, bien. ¿Qué clase de hechizo querías?».

«Quiero ir a otro planeta pero mi barco no puede». «Un hechizo de viaje entre planetas… Muy difícil, no lo haré. ¡Largo!». A Timoteo se le acababan las ideas y la paciencia, y se quedó anonadado con el nuevo cambio de idea de su interlocutor cuando ya creía tenerlo resuelto. Y se quedó quieto, sin reaccionar. «Bueno, si insistes creo que algo tengo escrito por ahí, puedo ir a ver…», y se levantó y se escabulló entre varios libros, dejando al visitante aún más sorprendido y definitivamente decidido a retorcer el arrugado pescuezo del brujo en cuanto consiguiese lo que había venido a buscar.

Los murmullos del tipejo iban de aquí para allá entre la maraña de trastos que llenaban la cabaña, y la única manera de saber su posición era estar atento a los eventuales legajos que volaban de repente de debajo de algún mueble.

Iba Timoteo a sentarse en un escabel cuando estaba claro que estaría en la casa un tiempo cuando reapareció repentinamente el hechicero y apartó los pergaminos que el propio visitante iba a retirar. «No toques, te dije al entrar, no toques», y volvió a desaparecer de manera tan brusca como había aparecido. Como tenía libre el asiento, que era lo que quería, Timoteo no le hizo más caso. «Espero que el Topo haya conseguido los documentos o no pasaremos la aduana, ni siquiera con el hechizo».

«¡Ya está!», el vejestorio volvía con un papel en blanco, un pincel y un bote con tinta roja un tanto grumosa. Apartó de un manotazo y sin ningún tipo de cuidado varios libros y tarros que cayeron al suelo sin que ninguno se rompiera y con movimientos rápidos que tuvieron que suponer un tremendo esfuerzo para sus anquilosadas articulaciones, dibujó tres enormes letras. «Toma, lo pones en el casco cuando salgas del cielo», y se lo dio enrollado. «Y pásate por aquí algún día y dime qué tal funciona. No se hacen milagros todos los días y uno tiene su ego. Aunque, claro, si no funciona, no te volveré a ver así que también lo sabré, ji, ji». «¿Puede que no funcione?». «¿Quién sabe, hijo, quién sabe? No puede estar nunca seguro uno sobre estas cosas de la magia, muy complicadas». Por un segundo, Timoteo se planteó muy seriamente matar al hombrecillo allí mismo. «Está bien, decidme cuánto os debo».

Ahora el que parpadeó sorprendido fue el hombrecillo: «¿Dinero? No, no. Te envía Elastor». Lo acompañó hasta la puerta y le puso una empanada fría cubierta con un trapo en la mano. «Y, acuérdate: si no funciona, mátate tu mismo; es peor ahogarse con el fuego de más allá del cielo. Una muerte horrible. Me pasó una vez. Adiós, adiós, diviértete con los dragones y las guerras estelares».

Pocas veces le habían alejado tan rápido los pies de Timoteo de un lugar.

sábado, 6 de octubre de 2007

CAPÍTULO 14. DONDE SE COMPRA UN HECHIZO, POR FIN, CON ALGUNAS DIFICULTADES. PARTE I


*Hasta ahora:

Obligado por las circunstancias, Timoteo acompaña a un guardia para arrestar a uno de los habitantes del Barrio del Bosque, un gigantesco chatarrero que pone fuera de combate al patrullero antes de que empiece la pelea propiamente dicha. A punto de enzarzarse con su segundo contrincante el chatarrero ve al espectro y reconoce la marca que lleva Timoteo en su muñeca pues él lleva una igual. Como favor, le indica dónde hay un mago.

Timoteo estaba frente a la destartalada cabaña bajo el roble que son dos. «¡Qué manía que tiene la gente de no llamar a las cosas por su nombre!», gruñó para sí porque el roble que son dos no era más que una pareja de árboles que compartían el nacimiento del tronco y la maraña de raíces que sobresalían del humus que cubría el suelo del Bosque.

La cabaña tenía las paredes tan torcidas que era realmente inverosímil que se mantuviera la estructura en pie, pero aguantaba. Estaba alejada de las demás casas del barrio y del camino principal; de hecho, de cualquier camino como lo atestiguaban las hojitas y ramitas de la mitad de los arbustos que se había encontrado Timoteo en su camino y llevaba colgando de sus pantalones y la capa. En definitiva, un sitio perfecto para perder la bolsa y la vida.

«Allá vamos, entonces». En pocas zancadas, ya no había plantas rastreras en la zona cercana a la cabaña, Timoteo se plantó ante la puerta y llamó con la palma abierta de sus manazas encallecidas. Enseguida se arrepintió, temiendo que la construcción se viniera abajo por los golpes. Y aunque la borda tembló amenazadoramente, continuó en pie. «Es un hechizo, seguro».

Algo que aún se hizo más evidente cuando se abrió la portezuela. Era imposible que aquella pared siguiera enhiesta sin el apoyo de casi un tercio de su totalidad. Especialmente cuando las jambas saltaron hacia fuera y un rápido movimiento de cabeza de Timoteo le evitó acabar descalabrado. Aún con el corazón desbocado gruñó: «deberíais hacer que os miraran eso. Vais a matar a alguien». «No será una gran pérdida si ha venido aquí». El tono y la voz, chirriante como debiera ser la cabaña entera pero que no obstante el maltrato recién recibido no había soltado ni una sola queja, llamaron la atención de Timoteo, que sólo había prestado atención al madero que había volado hacia él voraz como un ave de presa.

Era un tipo extraño, de eso no cabía duda. Encorvado, con las piernas y los brazos largos, finos y deformes como alambres deshilachados. La poca piel que se le veía, la de las manos y el rostro estaba apergaminada, llena de manchas, arrugas y de un color entre amarillento hepatitis y gris ceniza que cambiaba según se reflejaba en ella la luz del farol que colgaba junto a los restos de la puerta en la parte interior de la cabaña, cuando directamente los rayos luminosos no la atravesaban dejando al descubierto una miríada de venitas azules, tendones pálidos y carne oscura. Nariz larga y aguileña, cejas que caían por los lados hasta unos hendidos pómulos, sin labios y con unos ojos que de tan transparentes parecían de cristal. Una ruina de hombre. Pero sus movimientos eran eléctricos y precisos; no era lo que parecía.

«Si has venido sólo a criticar mi puerta ya puedes irte largando con viento fresco. Y si no tienes dinero, también». Timoteo sacudió su bolsillo y algunas monedas tañeron dejando un alegre eco metálico. «Ah, bueno, en ese caso igual mereces la pena». «Me envía Elastor». «Entonces no la mereces. Ese patán siempre me envía causas perdidas. ¡Largo! ¡Largo!». Viendo que Timoteo no tenía la más mínima intención de irse, ni siquiera hizo un amago de moverse, aquel deshecho de piel y huesos intentó empujar para apartarlo. Pero nada podía hacer contra su visitante y el intento quedó en un patético conjunto de gañidos y crujidos de todas las partes de su enclenque cuerpecillo. Viendo la inutilidad del esfuerzo se incorporó e intentó arreglarse el pelo, tan encrespado y alborotado como el del propio Timoteo aunque de un blanco sucio y abierto como si tuviera una mariposa de nieve posada en el cogote, y luego carraspeó para volver a adoptar una postura muy digna: «he decido ver qué es lo que quieres. Pasa, anda, pasa. ¡Y no me rompas nada!»

Si el exterior ya había dejado a Timoteo anonadado por su precariedad estructural, cuando entró en la cabaña su corazón casi se para del susto. No había nada recto. Escapaba a toda comprensión cómo aguantaban las tarrinas llenas de líquidos en su sitio sobre unas estanterías que parecían tener un romance con las piedras del suelo. Las puertas de las alacenas no encajaban entre ellas, la mesa que ocupaba casi la mitad de la estancia estaba carcomida y no daba ninguna sensación de poder soportar un ápice más de peso del que ya aguantaba. Y luego, el desorden general. Nada parecía estar en su sitio: libros, ropas, platos, cachivaches… repartidos arbitrariamente por todo el espacio.

«Tú, ¿qué quieres?» le espetó a Timoteó una vez se hubo puesto un mandil raído y sucio de un color indefinido. «Un hechizo». «De eso no tengo, ¡largo!». «Elastor te recomendó cuando le pregunté por un mago». «Oh, bueno, entonces supongo que no puedo escaquearme. Tenías dinero, ¿verdad?». Timoteo sacó su bolsa de cuero del bolsillo y la puso sobre la mesa. Los ojos del enjuto hombrecillo brillaron como lo harían las propias monedas de haber recibido un rayo de luz. «Ji, ji, ji. Puede ser divertido… ¿Cuál es tu problema, hijo?»

miércoles, 19 de septiembre de 2007

CAPÍTULO 13. DONDE UNA MARCA EVITA UNA PELEA.


*Hasta ahora:

Timoteo busca un mago para comprarle un hechizo que le permita huir del planeta, al menos hasta que sus perseguidores se olviden de él. Pero cuando llega al Barrio del Bosque un guarda se fija en él y le contrata para reducir a un chatarrero rebelde. Por no llamar la atención, Timoteo acepta a regañadientes, esperando que el hombre al que busca el guardia no sea muy grande… o sepa algún hechizo.


«Desde luego que es grande».

El chatarrero pululaba por su taller muy atareado apilando los restos metálicos que había traído en sus distintos paseos. Los apilaba en una pila de piedra bajo la que había una lumbre débil que pronto ardería con fuerza gracias al fuelle que se apoyaba en la pared cercana. El fuego fundiría el metal y el chatarrero, tras darle forma de barra, lo vendería a un herrero. Timoteo sabía eso, en alguno de sus negocios había hecho ese mismo intercambio. «Buenos tiempos aquellos».

A su lado el guardia sudaba profusamente. No parecía muy seguro y eso hacía que Timoteo aún temiera más al tipo de enfrente. «Que alguien me recuerde cómo demonios me he metido en este lío…», y en voz alta añadió: «si vamos a hacerlo, hagámoslo ya».

El guardia le miró, y durante un instante Timoteo estuvo seguro de que no sabía quién era su interlocutor, y luego tampoco estuvo muy seguro de quién era él mismo. La única opción que había era salir él primero y así el guardia igual recuperaba el valor, se lanzaba corriendo sobre el chatarrero y se llevaba los primeros palos. Por su parte, él aprovecharía ese momento para salir corriendo. Porque el chatarrero era más que grande.

Dicho y hecho, tras lanzar una mirada de connivencia con el espectro para que le echara una mano en caso de apuro, Timoteo salió de detrás del tronco en el que se escondían él y el guardia. Y el representante de la autoridad imperial recordó cuál era su deber justo a tiempo y salió de las sombras cuando el chatarrero se giraba hacia ellos. «¿Qué queréis?», bramó como si todo el viento del Norte le cupiera en su enorme pecho. A pesar de los temores de Timoteo al escuchar el vozarrón, el guardia no se arrugó. «A ti. Te espera una incómoda celda en el puesto de la guarnición» «¿Y qué se supone que he hecho para merecer tal honor?» «El funcionario Adi Murron tiene los cargos».

«Ahora es cuando se lía», murmuró para sí Timoteo, que se escondía en la capucha con la vana intención de hacerse tan pequeñito que pasara desapercibido para el chatarrero que en esos momentos respondía con palabras nada agradables a la proposición del guardia. Y, efectivamente, se lió.

Antes de que ninguno de los dos asaltantes pudiera moverse, el chatarrero habría cruzado con dos zancadas el espacio mediante y agarró al centinela del cuello de la camisa. Con un «¿a dónde pretendías llevarme, piltrafilla?» lo lanzó contra el árbol y el hombre tuvo el buen juicio de no volver a levantarse. Tras un vistazo rápido, Timoteo decidió que más que sentido común era incapacidad de volver a colocar su cuello en una posición que se asemejara a la de cualquier ser vivo.

«¿Y tú?». Ahora le tocaba a él. Y el condenado espectro brillaba por su ausencia… «Sospecho que un “pasaba por aquí” no sería creíble, ¿verdad?». El chatarrero lo miró un momento, y luego para sorpresa de ambos se echó a reír con unas carcajadas que confirmaron que sí encerraba el viento del Norte en sus pulmones. «Busco un hechicero competente y con no demasiadas ansias de vaciarme los bolsillos. Si me dices donde hay uno desapareceré de aquí antes de que te des la vuelta». El hombretón estaba ahora mucho más amables después del acceso de risa pero no pasó por alto el tufillo impertinente de la propuesta de Timoteo. Se disponía a indicar a las claras lo que opinaba cuando el fantasma se acercó al taller. «Ahora apareces», gruñó Timoteo enfadado.

El chatarrero se había quedado callado, mirando fijamente al espectro. No tenía miedo ni aprensión aunque en su cara rubicunda se adivinaba claramente que no le gustaba la sensación de frío que acompañaba a la aparición. «¿Tú lo ves?», la potente voz se había convertido en un arrullo, «también cargas con la muerte de un inocente». «Gajes del oficio», admitió Timoteo, que acababa de ver la marca a fuego grabada en el interior de la muñeca del hombre. Los ojos del chatarrero estaban fijos en la suya. Cuando subieron hasta cruzarse con los de su pequeño interlocutor, le confió: «busca el roble que son dos y allí encontrarás una cabaña. Di que te envío yo, de parte de Elastor».

Se dio la vuelta y continuó con su tarea. Timoteo tampoco perdió más tiempo y se alejó de allí.

domingo, 9 de septiembre de 2007

CAPÍTULO 12. DONDE LA COMPRA DEL HECHIZO SE RETRASA POR UN IMPREVISTO


*Hasta ahora:

Timoteo lo tiene claro. Si quiere evitar la persecución lo primero es desaparecer, y dado que los que lo persiguen pertenecen a las clases altas sólo hay una salida: irse a otro planeta. Pero el Míle no está preparado para ese viaje; necesita acondicionarlo y eso sólo puede hacerlo comprando un hechizo. Mientras el Topo arregla sus nuevos documentos de identidad, Timoteo sale en busca de un mago.


No era el corazón del Bosque pero desde luego que estaba en lo profundo de la foresta. Los árboles que lindaban con el camino eran altos y robustos pero quedaban reducidos a endebles brotes primaverales junto a los gargantuescos mástiles que erguían sus ramas al cielo como esqueléticos dedos suplicantes. Cada uno de esos troncos podía albergar en su interior con total comodidad cualquiera de las chozas y chabolas que aparecían salpicadas entre sus raíces, haciendo del barrio una comunidad desperdigada que obligaba a oriundos y foranos a dar intrincados paseos al moverse de un lado a otro. No había ningún camino en el arrabal, ni tampoco que entrara o saliera de él.

Lo llamaban barrio pero estaba lejos de cualquier ciudad o pueblo. No tanto, lo suficiente para no molestar. Pero todo el mundo sabía dónde estaba y qué se hacía allí.

Timoteo había tardado casi toda la tarde en decidirse ir allí. En las aldeas vecinas había demasiada gente y sólo acercarse a la primera ya le había supuesto un inicio de ataque al corazón al encontrarse de cara nada más torcer la primera esquina con dos guardias charlando animadamente con un vendedor de frutos secos ambulantes mientras tomaban una ración. No sabía si le habían visto o si sabían quién era. «Me da igual». Otro susto así y su pulso respondería a la edad que sus arrugas decían que tenía.

Así pues, la única opción que le quedaba sin embarcarse en un viaje de varias semanas a otra comarca era el barrio del Bosque. Pretender que allí no habría guardias era una tontería, y bien grande además. Pero no llamaría la atención. Entre tanto malcarado, pordiosero, tipo duro de sospechoso pasado y matón de tres al cuarto no llamaría la atención. «Ahora bien, si alguien me está buscando, antes o después dejará caer un ojo en el Bosque».

Primero tendría que hacerse con un disfraz. Y no porque él mismo fuera menos malcarado, tuviera aspecto de pordiosero duro con pasado oscuro y anunciase a los cuatro vientos que se alquilaba a cualquier precio para todo tipo de trabajos fuera de la oficialidad que cualquiera de los que dormitaban bajo las ramas de los árboles gigantes, sino porque tenía que ocultar sus rasgos más llamativos. «A saber, mi pelo rojo y la oreja que me falta». Tendría que ser un sombrero o una prenda con capucha, o una capa larga para ponérsela sobre la cabeza.

«La primera en la frente», gruñó cuando nada más acabar de echarse la capucha de la capa que “había encontrado perdida en un prado” por encima de la cabeza se dio de bruces con un guardia. Allí la representación del orden se confundía fácilmente con el resto de desperdicios que pululaban por entre las chabolas. No vestía el elegante uniforme de lino negro; lo único que les señalaba como tal era la vara de madera y la cinta para la cabeza con la protección metálica en la frente. Y la de éste estaba abollada y algo oxidada. Timoteo era consciente de que su disfraz, más que ocultarle, llamaba la atención directamente a lo que intentaba ocultar, su cara; «tengo que encontrar otro método». Pero el tipo lo miraba con una fijeza que pasaba del puro interés para mantener el orden. En dos zancadas se le había plantado delante sin posibilidad alguna de esquivarlo. Timoteo tomó aire mientras pensaba frenéticamente en qué hacer. Pero antes de que siquiera una idea pasear por su cabeza el guardia le dijo: «tengo que encerrar al chatarrero y mi compañero está ocupado con otro asunto. Es muy grande y yo no puedo solo. Ven conmigo, te pagaré». El tiempo que perdió en el titubeo que siguió le hizo imposible negarse. Además, no se le ocurría ninguna excusa convincente que le permitiera salir del brete sin llamar la atención. ¿Un habitante del Bosque rechazando una paga extra? Eso no ocurría, simplemente.

Así que echó a andar tras el guardia maldiciendo su lentitud de reflejos. «Espero que ese chatarrero no sea oriundo de aquí, si no dará igual que seamos dos o veinte». «Yo me preocuparía porque no fuera demasiado grande. El guardia se confundió con tu capa, pareces más fuerte de lo que eres en realidad». Cruzaban entonces junto a una chabola con las paredes oblicuas que producían una buena cantidad de sombras bajos las ramas. El susurro había llegado como el soplo de una brisa. «¿Debo decir que me alegro de verte?», una sonrisa fugaz paseó por el rostro del espectro antes de fundirse en las sombras y seguir el camino del guardia y Timoteo, apareciendo momentáneamente entre los troncos y chozas siempre fuera del ángulo de visión del patrullero. El navegante sabía que sus palabras no eran ciertas; se alegraba de verlo, y mucho, pues el fantasma era una valiosa ayuda en momentos de peligro aunque precisamente su gusto de mal agüero por aparecer siempre que había problemas hacía su presencia un poco cargante. Por un momento se planteó pedir al espectro que entretuviera al guarda para así escabullirse él. «Hay demasiada gente mirando, aunque no se les vea. Llamaría la atención». Sólo había una salida y era pegarse con el chatarrero. Que no fuera muy grande y que no hubiera nacido en el Bosque. No podía ser tan bueno para que no ocurriera ninguna de las dos cosas. Timoteo se preguntó qué era lo que le fastidiaría menos.

lunes, 27 de agosto de 2007

CAPÍTULO 11. DONDE SE PREPARA UN PLAN DE HUÍDA


*Hasta ahora:

Una cadena de peripecias ha empujado a Timoteo a esconderse en casa de un amigo y solicitar sus servicios: una nueva identidad y ayuda para “desaparecer” a los ojos de los funcionarios; especialmente de uno. Aunque parece que no hay interés oficial por él, no se fía ni tampoco lo hace su amigo que quiere saber qué le paso para hacerse una idea del trabajo que tiene que hacer.


«No me has contado toda la verdad, ¿es así?». «Es así». Timoteo echó un vistazo a su amigo. El Topo no había parpadeado durante el largo rato que había estado escuchando. «Vale. ¿Cuál es tu idea?».

Esa pregunta había rondado la despeinada cabeza de Timoteo durante mucho tiempo sin que le encontrara respuesta a pesar de que varios peregrinos pensamientos revoloteaban en su mente. No dejaba de ser curioso que fuera precisamente el viejo el que había plantado la semilla de lo que había decidido finalmente: «largarme a otro planeta». La reacción normal a esta sentencia habría sido una colección de objeciones más o menos argumentadas que habría comenzado invariablemente por «¡estás loco!». Pero no con el Topo, no él. Por eso lo había buscado Timoteo, por eso eran amigos. Lo más que hizo fue que su ceja se alzara solitaria sobre su frente, ni siquiera le dirigió una mirada. La verdad es que ese gesto hacía que su enjuto rostro recordara más a un sapo que a un topo. Pero no era el parecido facial con el animal lo que le había valido el sobrenombre sino las excavaciones que cruzaban la aldea partiendo desde su casa y que tenían salidas en varios pueblos de alrededor e incluso en la propia Derrae. Y, sobre todo, un tesoro que sólo sus más allegados, y que eran los que le habían puesto el mote, conocían: un mapa de las catacumbas de la capital, encontrado en una poco esclarecida juventud y que le había dado la idea de construir sus propios túneles y de dedicarse a su oficio.

«Eso supera mis conocimientos. Pero sé quién puede hacerlo». A Timoteo, al que le había dado un vuelco el corazón con la primera frase de su amigo, le nació la desconfianza. «Sabes cómo funciona esto. No debe saberlo mucha gente. Nadie, preferiría». «Si quieres pasar el puesto de aduana necesitas algo más que un simple documento de identificación nuevo».

Timoteo conocía al Topo. Desde hacía tiempo. Si decía que podía hacer algo es que podía; y lo mismo al contrario. «No me gusta». «No es eso lo que te estoy preguntando».

«Tengo una curiosidad», el Topo se interrumpió mientras devolvía el pesado macuto de su amigo a su sitio, ya de pie, listo para irse, «¿cómo tienes pensado salir de este planeta? Ese barquito del que te enorgulleces tanto es demasiado endeble». Timoteo sólo sabía una manera: «compraré un hechizo». «Nadie te lo venderá. Que no tengas una orden colgada en la columna del senado no significa que no hay una circulando por círculos no oficiales. Y, aunque no sea así, no se van a arriesgar. No con alguien como tú». «¿A eso lo llamas tú dar ánimos?», Timoteo no tuvo necesidad de mirar a su amigo para saber qué la comisura del labio había temblado un instante, casi tanto como una carcajada en la cara de cuero viejo del Topo. «Si no puedo comprarlo, lo… adquiriré». «Lástima no estar ahí cuando suceda», y se fue.

Timoteo se dio la vuelta para mirar a su compañero de cuarto. El viejo de la posta estaba atado a la silla donde se sentaba y miraba al suelo con ceñuda obstinación. Su carcelero no se hizo ilusiones pensando que no estaba ideando una manera de escapar. De todas formas, había dejado de lanzar continuas ojeadas a la mochila de Timoteo, con ese brillo en sus amarillentos ojos que dejaba un regusto oleoso cuando la paseaba sobre uno. «¿Qué voy a hacer con éste?», ésa era la única parte de su plan, si podía llamarse así a una huída que había empezado a ciegas, que no había atado. «No puedo esperar a que el Topo vuelva. Si no quiero parecer más sospechoso de lo habitual, debería visitar a los hechiceros de día. Me disfrazaré. Pero, ¿qué voy a hacer con éste?». En realidad sólo había una respuesta, pero eso no quería decir que a Timoteo le gustase un pelo.

De un paso se plantó detrás del viejo y presionó con sus dedos dos puntos exactos en la nuca y la unión del hombro y el cuello. Su prisionero se desmayó de inmediato. «No envidio el dolor de cabeza que tendrás al despertar».

Salió a la calle por la puerta de atrás que daba a un bosquecillo. Tenía que atravesarlo para llegar a un camino secundario que le llevaría a otra aldea. Aunque en el pueblo donde vivía el Topo hubiera algún hechicero no podía ir a él; eso llamaría la atención y no quería cerrarle el negocio a su amigo. Con la alegría de volver a estar bajo el aire libre después de dos días encerrado, echó a andar. Si regresaba pronto iría a echarle un vistazo al Míle, seguro que estaba enfadado por estar posado en tierra.

sábado, 11 de agosto de 2007

CAPÍTULO 10. DONDE CONOCEMOS AL TOPO.

*Hasta ahora:

El meteorito que impactó contra el Míle ha resultado ser un poderosísimo artefacto de guerra que ha despertado la codicia de mucha gente. Es Timoteo quien lo tiene en su poder y, por tanto, el blanco de toda esa avaricia. Pero, ¿realmente necesita él algo tan poderoso? Las respuestas que el viejo de la posta le da a su interrogatorio no responden a esta pregunta.


El Topo avanzaba a buen paso por el Barrio Alto. Achaparrado, el cuello escondido en los hombros, mirada al suelo, haz de leña a la espalda y ropas raídas. Nadie miraba a un viejo leñador que llegaba a Derrae para ganarse algo de dinero extra. Esa era la idea. Ni siquiera allí, entre las mansiones de los señores del comercio y nobles y senadores; vendría del Este por la puerta Arria y cruzaba por el Barrio Alto hasta el mercado plebeyo de la plaza de Maentis, normal. No hacer que la gente mire es la mejor forma de que la gente no vea.

El camino había sido elegido por una sola razón: la columna del senado, donde se colgaban las nuevas leyes, anuncios y todo tipo de documento que el pueblo necesitara conocer. Había columnas del senado repartidas por todos los pueblos y ciudades, pero ninguna tan grande y con tanta información como la de Derrae. No era causa pero sí efecto de ser la capital.

La plaza del senado no era el centro geográfico de la ciudad, de hecho estaba construida en una meseta que caía a corte sobre el río Tiroa, en el extremo Norte. Pero sí era el corazón de la vida pública de Derrae. Políticos, comerciantes, burócratas, rateros de poca monta y curiosos eran la fauna que rondaba el porticado espacio que se abría a los edificios oficiales y recibía las dos avenidas principales que cruzaban la ciudad divergiendo hacia las dos puertas principales, la de Eterias al Sur y Aur al Oeste.

Siempre había gente, el mejor sitio para pasar desapercibido. Como no era extraño que hubiera alguien ante la columna leyendo toda la información, el Topo se demoró a placer hasta asegurarse de que no encontraba nada interesante. Cuando uno de los lectores profesionales, los que por un módico precio leían los informes a los analfabetos o resumían la cantidad de papeles a lo realmente importante para los que no tenían tiempo de rebuscar entre tantos papeles, se acercó a él para ofrecerle sus servicios decidió marcharse. Eso era llamar la atención de alguien, quedaría en la mente del lector aunque él no fuera consciente y podía recordarlo en cualquier momento, incluso en uno inoportuno. Además había personas que sabían llegar a los rincones más recónditos de cualquier mente, y eso siempre dolía. Era precisamente a esos ante quienes quería permanecer invisible. Era su trabajo.

٭ ٭ ٭

Ya en el camino hacia Nur, sentado en un banco en el exterior de un puesto de bebidas frescas en la ladera de una colina con vistas a Derrae, se permitió pensar por primera vez desde que saliera esa mañana de casa. Dejar la mente en blanco, vía libre para los instintos, le había permitido ser esa mañana un leñador que iba a echar un vistazo a las actas senatoriales de camino al mercado. Se había convertido en el leñador. Los pensamientos habrían podido hacer temblar esa imagen y algún ojo avispado habría visto esa grieta en la fachada y le habría llamado la atención.

En ese momento, liberado del haz de leña y su disfraz, paladeaba una limonada fría como cualquier viajero de regreso a casa. Y se permitió pensar un rato. Repasó mentalmente la lista de documentos ofrecidos a vista pública. Su amigo estaría satisfecho… su cliente, se corrigió; «ahora es mi cliente».

Terminada la limonada continuó camino a casa. Aún le restaba un buen trecho antes de llegar a la aldea donde estaba establecido, una más de las muchas que salpicaban las orillas de las carreteras oficiales que marcaban el paisaje como cicatrices de piedra sobre las colinas. Ganaderos y agricultores o gente que vivía de que la carretera pasaba por allí robando o atendiendo a los viajeros eran sus pobladores. Gente insulsa, carente de ningún interés en nada y para nadie. El escondite perfecto.

El Topo tenía su casa lo suficientemente cerca del centro del pueblo, nacido y crecido en torno a la vía, como para no parecer un ermitaño y lo necesariamente lejos para tener intimidad para su negocio. Contrabando de personas. A eso se dedicaba. No de esclavos, sino gente que no quiere ser encontrada.

«¡Ya estoy en casa!», anunció como siempre al abrir la puerta. Nunca se planteó si esperaba que alguien le contestara. Lo cual hubiera sido difícil teniendo en cuenta que desde que se escapó de casa sólo había compartido su vida con un gato, y aunque tenía muchos años el minino no había estado junto a él todo ese tiempo. De hecho el animal era tan independiente que sólo volvía a casa cuando no conseguía comida fuera, lo que ocurría con frecuencia debido a su aspecto pulgoso, y entonces encontraba siempre un plato con leche fresca y pan mojado.

El edificio tenía una sola planta, con un altillo que hacía las veces de desván. Eso según los planos de construcción. Pero el Topo había hecho honor a su nombre excavando bajo el suelo. Debajo de su cama, que había que mover con esfuerzo, había un cofre con ropas; y bajo el baúl, una trampilla. La portezuela daba a un sótano cavernoso, una cripta que ocupaba gran parte de la casa y que estaba siempre fresca, razón por la cual era la despensa del ocupante de la casa. Y era allí donde había que buscar la puerta secreta al habitáculo donde los que querían ocultarse pasaban los días que el Topo tardaba en borrar su rastro y darles una nueva identidad. Detrás de un botellero casi siempre vacío pues era desocupado con la misma velocidad, o un poco más, que con la que se llenaba había un panel de madera. Ésa era la puerta. Simple, a la vista, por lo que no llamaba la atención.

El Topo hizo a un lado todos los obstáculos, la cama, el baúl, el mueble botellero, y abrió la puerta. Dos literas a ambos lados con sus respectivas mesillas y lámparas con pantalla de papel que proporcionaban la escasa luz de la estancia, y una mesa en el centro con sillas plegables. Sólo había dos abiertas y las otras descansaban en una esquina. En una de las sillas había un viejo con mirada torva. En la litera más alejada de él, incorporándose en cuanto le vio aparecer, su amigo. «Mi cliente», se corrigió el Topo. «¿Qué has descubierto?». «Nadie te busca, oficialmente». «Oficialmente. Pero esa no es exactamente la verdad». «Nunca lo es». El Topo tomó asiento en la litera, junto a su amigo-cliente echando a un lado el macuto de éste, que pesaba como un muerto bien gordo.

«Creo que es el momento adecuado para que me cuentes cómo te has metido en este nuevo lío, mi querido Timoteo».

lunes, 16 de julio de 2007

CAPÍTULO 9. DONDE SE PROFUNDIZA EN EL MISTERIO PARA RESULTAR MÁS MISTERIOSO

*Hasta ahora:

Una tormenta, un meteorito, un huevo de hierro y, dentro, una pequeña estatuilla metálica. Y, desde entonces, la vida de Timoteo se ha vuelto especialmente agitada: el dueño de una posta intentó robarle el huevo, y un alto funcionario le esperaba en el siguiente pueblo también con ánimo de arrebatárselo. Tras escapar del pueblo, el capitán del Míle descubrió que el viejo se había colado en su barco y tuvo que andar listo para evitar que le hiciera un segundo ombligo.


Lo primero en que se posaron los avariciosos ojos amarillentos fue en la figurilla metálica, un dragón de plata veteado de rojo ardiendo en luz de Luna, tras un rápido paseo por la cubierta del Míle. Ignoró hábilmente a su acuclillado captor que tuvo que inclinarse para situarse en el amarillento campo de visión del viejo con un suspiro que era mitad gruñido.

«Tenemos tiempo», comentó Timoteo trivialmente. «Es de noche, he cenado y, viendo la capacidad de reacción de esos botarates del pueblo, todavía tardarán un tiempo en fletar un par de naves que salgan tras nosotros».

Dado que el corpachón de su interlocutor tapaba completamente la estatuilla aunque podía seguir percibiendo el brillo fulgurante que despedía al recibir de lleno los rayos de la Luna, el viejo no tuvo más remedio que atender lo que le decían. Con un mohín en la boca reseca y la barbilla levantada en lo que pretendía ser una actitud dignamente ofendida, eso sí, a pesar de estar atado al mástil desde la cintura hasta el cuello.

Timoteo procuraba digerir la bilis que le producía el anciano de respiración estertórea y movimientos convulsos que nunca dejaba fijos los ojos de un color amarillento enfermizo en un punto más de un instante si no se trataba del pequeño dragón metálico. Echó un vistazo sobre su hombro al espectro, sentado en el timón y que llevaba un rato pensativo, desde que oyera las palabras «dueño del mundo» musitadas por el propio Timoteo. Delante suyo, en proa, tenía la sensación de que el mascarón procuraba retorcerse todo lo que le permitía la solidez de una madera bien templada para no perderse detalle de lo que sucedía en cubierta. Casi podía oír los crujidos.

Lo que todavía tenía clavado en su oreja era la estridente voz que la sílfide ponía cuando intentaba convencer a alguien, taladrante como un cincel sobre roca dura: «si eso sirve para que me saques de aquí de una vez, voto que sí». «No doy crédito a lo que oigo», gruñía Timoteo atónito tras escuchar esas palabras, «durante tanto tiempo me has estado fastidiando con que tenía que tener un trabajo honrado y estable. Incluso hace un rato me has regañado por escaparme de la cárcel. Y ahora te lanzas de cabeza». «Porque me vas a sacar de aquí». «No te hagas ilusiones. Sigo sin tener ni idea de cómo hacerlo… y tampoco sé si quiero», con este comentario hiriente calló durante un rato a la vocecilla y aprovechó para volverse hacia el espectro: «¿Tú qué opinas?». «Podría ser interesante» y no dijo más. La sílfide volvió a la carga: «tampoco tienes otra opción; ya te has echado detrás a los guardias del pueblo, y el funcionario no dejará las cosas atrás. Eso», continuó impertérrita refiriéndose a la estatuilla, sin tomar ni un poquito de aire antes de seguir hablando, «tiene que funcionar con magia, y la magia es lo que me sacará de esta prisión de madera. Ya verás como sí. Me lo debes». «No hace falta que me lo recuerdes siempre. Haces que cualquier conversación contigo sea monotemática y aburrida», gruñó Timoteo sentándose delante del viejo, aún inconsciente y con la pálida calva de un rojo palpitante en el punto donde había impactado contra la borda, coronada por una costra de sangre seca.

«Así que charlemos», propuso el capitán del barco a su prisionero. Tenía esperanzas que esta actitud trivial y despreocupada impresionara al anciano, pero también muchas dudas. «Empezaremos por la pregunta fácil: llamaste a esa cosa “autómata de guerra”, ¿qué es eso?». El viejo tardó más de un instante en apartar la mirada de los ojos verdes de Timoteo, tiempo en el que éste sintió un desagradable escalofrío por la acumulación de sensaciones que desfilaron por el brillo apagado del iris que tenía frente así. Nada identificable pero que dejaban un regusto viscoso a podredumbre. Fue un instante, lo que tardó el hombrecillo en decidir si podría librarse del interrogatorio y probar las gruesas sogas que lo retenían, de un diámetro superior a su brazo cuando asumía el papel de inválido anciano de cuerpo castigado y retorcido.

«Es una máquina con vida propia», fue lo que contestó al fin, «concebida y construida con una única idea: destruir sin ser destruida». El estremecimiento que recorrió todo lo largo de la espina dorsal del capitán del Míle nada tenía que ver ahora con una mirada turbia. Sobreponiéndose a la dentera, Timoteo alzó las cejas como si aquello sólo le causara una leve curiosidad. «No suena apropiado como para adoptarlo de mascota, ¿verdad?». «A quien tuviera una mascota así nada en este mundo podría oponérsele», las palabras sonaron sibilantes porque el anciano aspiró el aire al pronunciarlas en vez de expulsarlo, tal era el ansia que le producía esa idea aleteando en su sucia mente. «Oh, me preguntaba cuánto iba a tardar en aparecer la megalomanía». «No veo nada de malo en ello», era ahora el viejo quien había adoptado un tono trivial. «Ése es tu problema». «No, ése es el tuyo». Fue en este punto cuando Timoteo descubrió que no era él quien llevaba el peso del interrogatorio, que el viejo sabía mucho, demasiado quizás, y todo por la sonrisa aviesa que se pintó en el ajado rostro y que partió éste por la mitad dejando ver los dientes desordenados y sucios que más parecían pertenecientes a una bestia, a un ogro, que a un hombre. «¿Por qué me cuentas todo esto, sin reparos?» «Porque, de momento, la criatura está en tu poder. No gano nada oponiéndome. Ya te la quitaré…» «Comprendo», y para su orgullo consiguió que la voz no le temblara a pesar del miedo cerval que le había invadido al observar la tranquilidad con la que el siniestro hombrecillo decía esas palabras, sin más pausa que la necesaria para mojarse los finos labios, resecos y cuarteados como el cuero usado.

Timoteo se arriesgó a una última pregunta: «¿Qué más sabes de ellos?». El anciano hizo memoria: «los descubrimos en la invasión de Aespix. Fuimos barridos por esas bestias hasta que capturamos una. Se construyeron varias siguiendo su diseño pero fueron destruidas al terminar la guerra, imagínate su poder de destrucción para que ningún poderoso osara siquiera soñar tenerlo. Ah, yo participé en esa guerra… Nada hay más glorioso ni más terrible que la batalla». El capitán del Míle dejó unos instantes al anciano en su ensoñación mientras él echaba un vistazo a Aespix, blanco y palpitante, prendido en el cielo como un alfiler con vida propia en el chal oscuro que es el firmamento, el corazón de la constelación del León. «El dragón habría sido más apropiado», murmuró para sí Timoteo.

«¿Cómo se activa?». «Estaba deseando que me hicieras esa pregunta», el hombre volvía a ser todo sonrisa, una mueca que no se reflejaba en los ojos cuyos iris habían adoptado un brillo contaminante que conferían al amarillo enfermizo un tono de inminente contagio de la locura.

«Espero que sepas lo que estás haciendo», gorgojeó en su oído la sílfide con un temblor que evidenciaba que ya no estaba tan segura de que descubrir el secreto del autómata fuera tan buena idea. Aun cuando pudiera servir para liberarla. El espectro seguía callado.

«Los nuestros, con una palabra mágica tallada en una gema que se colocaba dentro de la boca», echó un vistazo al fulgor que titilaba sobre el hombro de Timoteo, ávido de volver a verlo en su plenitud. «Éste llegó de Aespix. Tendrás que recuperar el alma que le arrancamos al primero que capturamos: el corazón de piedra».

sábado, 7 de julio de 2007

CAPÍTULO 8. DONDE SE DEMUESTRA QUE, A VECES, LA VIOLENCIA ARREGLA LOS PROBLEMAS

*Hasta ahora:

El huevo que chocó contra el Míle no deja de darle problemas a Timoteo. Tras ser interrogado y encarcelado, escapa con facilidad y cruza el pueblo hasta el puerto. El barco tiene tantas ganas como él de largarse de allí; sus intentos han aflojado unas sogas que Timoteo utiliza para llegar a su nave. Pero allí le espera una nada agradable sorpresa: el viejo de la posta le ha cogido desprevenido.


«¿Cómo ha llegado hasta aquí?», esa era una pregunta inquietante, la primera que se le pasó por la cabeza a Timoteo. No obstante tendría que esperar su turno, pues como seguidamente razonó: «las cosas, de una en una». El viejo estaba de pie, en mitad de cubierta, cortándole el paso hacia el timón y en una buena posición para evitar que se hiciera con la pequeña pero bien afilada hacha que utilizaba para cortar las sogas. Dio un paso hacia él y éste tensó su brazo.

La hoja de acero que sujetaba la mano arrugada de dedos largos y estrechos como culebrillas de agua era de un tamaño casi ridículo, no podía llamarse daga y casi ni tan siquiera cuchillo. Sin embargo guiada por un pulso firme y conocedor de su utilización podía llevar a cabo un desastroso reajuste de tripas. «Y pasar otra vez por eso no me interesa en absoluto», decidió juiciosamente. «Pensemos, pues, en otra manera de librarnos de este molesto personaje».

Intentó que la neblinosa visión del espectro, que contemplaba la escena sonriendo con fruición, no le despistase del problema principal. Pero éste ya se hacía notar por sí solo. «¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?», repitió insolentemente con su voz resbaladiza.

«Ayudaría mucho que concretase en su petición, vejestorio». Como esperaba, una llama de ira prendió momentáneamente en unos ojos de un color amarillento sucio. Y mientras hablaba su mano se deslizó hacia el fajín, intentando aparentar una compostura que no se reflejaba en sus rasgos. «Registraron el barco y salieron con las manos vacías, así que aún tiene que estar aquí». Eso no era ninguna sorpresa. Aflojó el nudo del fajín. «El barco no es grande, tiene que haber un escondite pero ellos no lo encontraron. Por eso te esperé». «Eso ha sido un detalle por su parte». «Ahora dime dónde está», el ansia empujaba al viejo hacia Timoteo. Un paso más. «¿Cómo lo llamó?» «Un autómata de guerra, recién salido de las forjas». «¿Por qué es tan importante?». Un relincho de risa sofocado recorrió el cuerpecillo, engañosamente retorcido como no podía apartar de la mente Timoteo. «¿Quieres ser el dueño del mundo?». Dio otro paso, el último.

Lanzó el fajín suelto y rodeó con él el brazo del viejo, inutilizando el peligroso pincho que intentó blandir inmediatamente hacia donde había estado antes. Con un estremecedor ¡croc! el pálido cráneo del hombrecillo se estrelló contra cubierta entre plegarias de Timoteo para que lo durmiera por un tiempo. El espectro planeó hasta el inerte cuerpo como el buitre hambriento tras un batalla campal y ofreció su mano para licuar el cerebro del enemigo. «Ganas no me faltan, desde luego», gruñó Timoteo echando de allí al fantasma. Luego se volvió hacia el mascarón de proa.

«¡¿Se puede saber por qué no me avisaste?!». «No lo vi», lloriqueó con tanto arrepentimiento la vocecilla que diluyó el enfado del capitán como si fuera mantequilla puesta al fuego. «¿Cómo pudiste no verlo? No puedes moverte de aquí». «No lo sé». «Deja a la pobre», refunfuñó el espectro, molesto quizás por no haber podido saciar sus ansias de vida. «Tú no te metas, pájaro de mal agüero», pero Timoteo ya no atendía a sus compañeros de viaje y observaba con renovado interés al viejo, inconsciente y con un hilillo de baba palpitante escabulléndose por los rugosos labios.

Estaban lejos del pueblo. Ya era difícil reconocer las lucecitas de los faroles por separado. Una vez más, el Míle, libre, disfrutaba de vagar por los cielos con sólo su voluntad como única carta de navegación.

Timoteo se encaramó al mascarón de proa y evitando la triste mirada que brillaba en los ojos de madera de la sílfide, palpó su estilizado cuerpo encontrando la fisura que sólo si su dueña deseaba podía encontrarse. Dentro de la efigie, hueca, una bola de trapos. Dejó a la contrita figura sumida en sus quejas y excusas y se sentó para mejor poder contemplar la estatuilla cubierta por la tela. A la luz de las estrellas, fría, distante y flamígera, el pequeño dragón parecía a punto de desperezarse.

«El dueño del mundo…» esas habían sido las palabras del viejo. Las paladeó detenidamente antes de escupirlas; le habían agriado tan repentinamente como dulces le habían acariciado la oreja al escucharlas. «Esto va a significar muchos problemas, ya veréis». La sílfide y el espectro callaron. Ellos también contemplaban arrobados la majestad de la pequeña estatua.

martes, 26 de junio de 2007

CAPÍTULO 7. DONDE SE INTENTA LA HUÍDA, PARTE II Y ÚLTIMA

*Hasta ahora:

Tras escaparse del calabozo donde un alto funcionario lo encerró por negarse a revelar dónde está el huevo de hierro, Timoteo cruza la ciudad para regresar a su barco y huir del pueblo. En el camino ha de esquivar a los guardias y al llegar al puerto se encuentra con que las escalas están recogidas y no puede subir a la plataforma donde está amarrado el Míle.


«Esto va a suponer un problema».

Timoteo refunfuñó ante el comentario del espectro y siguió hacia delante internándose en el bosquecillo de gargantuescos árboles que era el puerto. Recios troncos que ni una decena de personas podían rodear abrazados impedían que más vegetación que una ligera alfombrilla de hierba creciera bajo ellos, lo que impedía que el furtivo intruso hiciera ningún ruido ya que sus pasos quedaban almohadillados. Timoteo recorría las catacumbas naturales de las arbóreas dársenas escudriñando entre las ramas que sujetaban las panzas de los barcos como reptantes dedos acabados en garras buscando su nave, su querido Míle.

Era inconfundible, estrecho y ligero, ansioso por volver a sentirse libre y surcar los cielos como la saeta multicolor que era. Parecía temblar, tirar con suavidad de las sogas que lo retenían probando una y otra vez la resistencia de estas. Como siempre que lo veía sujeto a un muelle, a Timoteo se le hizo un nudo en el estómago. El Míle no había sido construido para estar atado. Ya no era sólo él el que quería irse de allí, y por ese barco daría la vida.

«Enseguida te saco de ahí; sólo necesito encontrar una manera de subir», no pudo evitar confesarle en un susurro. Y como si el desportillado casco le hubiese oído, reanudó con más brío los tirones a los cabos. Debió ser porque el barco llevaba tensándola toda la noche y ya andara el nudo algo suelto que este último tirón fue demasiado para ella, pues una soga se precipitó hacia Timoteo atada aún al Míle.

El barco, viendo cercana su libertad, ascendió ligeramente, tensando más aún el resto de cabos que lo retenían contra su repentinamente nacida voluntad. Viendo lo que ocurría en las alturas, el capitán de la nave no lo pensó dos veces y se encaramó por la cuerda, áspera como lengua de cabra. No era un peso ligero, ni siquiera podía moverse con ligereza por lo que el ascenso con la única ayuda de sus brazos, fuertes de tanto lidiar con los cabos y la vela y las tinajas que transportaba, no fue cosa fácil. La piel de las manos se agrietó y los callos y llagas le reventaron; la sangre hizo resbaladiza la cuerda.

Desde arriba el Míle continuaba en su empeño y le apremiaba con tirones cada vez mayores, zarandeando soga y escalador como colada en mitad de una ventolera. «Que las dificultades hacen más interesantes las situaciones no es algo discutible, pero esto empieza a pasarse de la raya», gruñó el capitán soportando uno de los bandazos abrazado a la cuerda que le arañaba cara, brazos y pecho hasta que el barquito volviera a tranquilizarse.

Cuando por fin se dejó caer en la cubierta del Míle, estertórea la respiración y los brazos temblorosos como si sufrieran un ataque de epilepsia, sus apretados dientes no dejaron escapar la sarta de heréticos juramentos que su lengua pugnaba por vomitar. «¿Ya estás aquí? ¡Me tenías preocupadísima! ¿Qué has hecho esta vez?» Se habría quedado encantado de la vida a discutir con la sílfide pero no se permitió más de un instante de descanso, la nave tampoco le habría dejado ya que una vez a bordo su tripulante redobló sus esfuerzos. Las cuadernas crujían amenazadoramente y algunas sogas empezaban a deshilacharse. Haciéndose con la pequeña hacha que tenía lista para emergencias, Timoteo cortó cada uno de los cabos con la esperanza de ser más rápido que el Míle. Lo que no sucedió. La última cuerda no pudo soportar la tensión y se desgajó de un latigazo que resonó en el silencio de la noche. Pero no más que el golpetazo del casco contra el tronco vecino al comenzar su singladura desequilibrado.

Por un instante el barco se convirtió en el epicentro de un terremoto y Timoteo, que no tuvo tiempo de sujetarse a nada, resbaló por cubierta como un saco. «Ten más cuidado», le reprendió el mascarón de proa. El capitán se incorporó refunfuñando y asesinando con los ojos la descarada forma de niña alada que, por un momento lo habría jurado, le devolvió la mirada.

No tuvo tiempo para replicarle porque abajo el chasquido y el topetazo habían hecho de las suyas. El primero había llamado la atención de los guardias y el segundo les llevó directamente al lugar. Al ver cómo un barco ascendía sin permiso inmediatamente dieron la alarma. Pero era un pueblo pequeño y los guardias eran voluntarios civiles sin apenas instrucción. Aparte de unos gritos caóticos y carreras desenfrenadas poco más pudieron hacer salvo observar la nave alejándose del puerto. Aún pasaría un tiempo hasta que supieran qué barco era el que había huido furtivamente en plena noche y llegara a oídos del funcionario para que le hicieran llegar las implicaciones a Timoteo de manera nada agradable. Había que poner tierra de por medio cuanto antes.

Mientras largaba la vela la vocecilla no le dejó en paz. «¿Has vuelto a las andadas otra vez?». «¡No es culpa mía!», se defendió Timoteo, «díselo tú», y se dio la vuelta para buscar al espectro que una vez más había desaparecido. «Qué típico tuyo, cenizo», gruñó. «Nunca admites tu responsabilidad y eres el principal responsable de todo lo que te ocurre, que eres un desastre, y eso te va a acarrear más de un disgusto, te lo digo ya». «Me recuerdas a mi madre». «¡Que seguro era una santa!». Iba a replicar con gusto Timoteo, ya que su progenitora había estado muy lejos de ser una beata y venerable mujer, cuando otra voz, viscosa y fría como una gota de aceite sucio, le taladró su única oreja produciéndole un escalofrío que nada tenía que ver con el gélido tono: «¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?».

Timoteo se dio la vuelta para encontrarse con que el viejo de la posta que salía de la tienda-camarote. El capitán del Míle echó entonces de menos el hacha, aún clavada en la borda donde había cercenado el último cabo.