sábado, 11 de agosto de 2007

CAPÍTULO 10. DONDE CONOCEMOS AL TOPO.

*Hasta ahora:

El meteorito que impactó contra el Míle ha resultado ser un poderosísimo artefacto de guerra que ha despertado la codicia de mucha gente. Es Timoteo quien lo tiene en su poder y, por tanto, el blanco de toda esa avaricia. Pero, ¿realmente necesita él algo tan poderoso? Las respuestas que el viejo de la posta le da a su interrogatorio no responden a esta pregunta.


El Topo avanzaba a buen paso por el Barrio Alto. Achaparrado, el cuello escondido en los hombros, mirada al suelo, haz de leña a la espalda y ropas raídas. Nadie miraba a un viejo leñador que llegaba a Derrae para ganarse algo de dinero extra. Esa era la idea. Ni siquiera allí, entre las mansiones de los señores del comercio y nobles y senadores; vendría del Este por la puerta Arria y cruzaba por el Barrio Alto hasta el mercado plebeyo de la plaza de Maentis, normal. No hacer que la gente mire es la mejor forma de que la gente no vea.

El camino había sido elegido por una sola razón: la columna del senado, donde se colgaban las nuevas leyes, anuncios y todo tipo de documento que el pueblo necesitara conocer. Había columnas del senado repartidas por todos los pueblos y ciudades, pero ninguna tan grande y con tanta información como la de Derrae. No era causa pero sí efecto de ser la capital.

La plaza del senado no era el centro geográfico de la ciudad, de hecho estaba construida en una meseta que caía a corte sobre el río Tiroa, en el extremo Norte. Pero sí era el corazón de la vida pública de Derrae. Políticos, comerciantes, burócratas, rateros de poca monta y curiosos eran la fauna que rondaba el porticado espacio que se abría a los edificios oficiales y recibía las dos avenidas principales que cruzaban la ciudad divergiendo hacia las dos puertas principales, la de Eterias al Sur y Aur al Oeste.

Siempre había gente, el mejor sitio para pasar desapercibido. Como no era extraño que hubiera alguien ante la columna leyendo toda la información, el Topo se demoró a placer hasta asegurarse de que no encontraba nada interesante. Cuando uno de los lectores profesionales, los que por un módico precio leían los informes a los analfabetos o resumían la cantidad de papeles a lo realmente importante para los que no tenían tiempo de rebuscar entre tantos papeles, se acercó a él para ofrecerle sus servicios decidió marcharse. Eso era llamar la atención de alguien, quedaría en la mente del lector aunque él no fuera consciente y podía recordarlo en cualquier momento, incluso en uno inoportuno. Además había personas que sabían llegar a los rincones más recónditos de cualquier mente, y eso siempre dolía. Era precisamente a esos ante quienes quería permanecer invisible. Era su trabajo.

٭ ٭ ٭

Ya en el camino hacia Nur, sentado en un banco en el exterior de un puesto de bebidas frescas en la ladera de una colina con vistas a Derrae, se permitió pensar por primera vez desde que saliera esa mañana de casa. Dejar la mente en blanco, vía libre para los instintos, le había permitido ser esa mañana un leñador que iba a echar un vistazo a las actas senatoriales de camino al mercado. Se había convertido en el leñador. Los pensamientos habrían podido hacer temblar esa imagen y algún ojo avispado habría visto esa grieta en la fachada y le habría llamado la atención.

En ese momento, liberado del haz de leña y su disfraz, paladeaba una limonada fría como cualquier viajero de regreso a casa. Y se permitió pensar un rato. Repasó mentalmente la lista de documentos ofrecidos a vista pública. Su amigo estaría satisfecho… su cliente, se corrigió; «ahora es mi cliente».

Terminada la limonada continuó camino a casa. Aún le restaba un buen trecho antes de llegar a la aldea donde estaba establecido, una más de las muchas que salpicaban las orillas de las carreteras oficiales que marcaban el paisaje como cicatrices de piedra sobre las colinas. Ganaderos y agricultores o gente que vivía de que la carretera pasaba por allí robando o atendiendo a los viajeros eran sus pobladores. Gente insulsa, carente de ningún interés en nada y para nadie. El escondite perfecto.

El Topo tenía su casa lo suficientemente cerca del centro del pueblo, nacido y crecido en torno a la vía, como para no parecer un ermitaño y lo necesariamente lejos para tener intimidad para su negocio. Contrabando de personas. A eso se dedicaba. No de esclavos, sino gente que no quiere ser encontrada.

«¡Ya estoy en casa!», anunció como siempre al abrir la puerta. Nunca se planteó si esperaba que alguien le contestara. Lo cual hubiera sido difícil teniendo en cuenta que desde que se escapó de casa sólo había compartido su vida con un gato, y aunque tenía muchos años el minino no había estado junto a él todo ese tiempo. De hecho el animal era tan independiente que sólo volvía a casa cuando no conseguía comida fuera, lo que ocurría con frecuencia debido a su aspecto pulgoso, y entonces encontraba siempre un plato con leche fresca y pan mojado.

El edificio tenía una sola planta, con un altillo que hacía las veces de desván. Eso según los planos de construcción. Pero el Topo había hecho honor a su nombre excavando bajo el suelo. Debajo de su cama, que había que mover con esfuerzo, había un cofre con ropas; y bajo el baúl, una trampilla. La portezuela daba a un sótano cavernoso, una cripta que ocupaba gran parte de la casa y que estaba siempre fresca, razón por la cual era la despensa del ocupante de la casa. Y era allí donde había que buscar la puerta secreta al habitáculo donde los que querían ocultarse pasaban los días que el Topo tardaba en borrar su rastro y darles una nueva identidad. Detrás de un botellero casi siempre vacío pues era desocupado con la misma velocidad, o un poco más, que con la que se llenaba había un panel de madera. Ésa era la puerta. Simple, a la vista, por lo que no llamaba la atención.

El Topo hizo a un lado todos los obstáculos, la cama, el baúl, el mueble botellero, y abrió la puerta. Dos literas a ambos lados con sus respectivas mesillas y lámparas con pantalla de papel que proporcionaban la escasa luz de la estancia, y una mesa en el centro con sillas plegables. Sólo había dos abiertas y las otras descansaban en una esquina. En una de las sillas había un viejo con mirada torva. En la litera más alejada de él, incorporándose en cuanto le vio aparecer, su amigo. «Mi cliente», se corrigió el Topo. «¿Qué has descubierto?». «Nadie te busca, oficialmente». «Oficialmente. Pero esa no es exactamente la verdad». «Nunca lo es». El Topo tomó asiento en la litera, junto a su amigo-cliente echando a un lado el macuto de éste, que pesaba como un muerto bien gordo.

«Creo que es el momento adecuado para que me cuentes cómo te has metido en este nuevo lío, mi querido Timoteo».

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola cuentacuentos, acabo de leer el capitulo y me parece interesante que vayas metiendo a mas personajes, aunque este sera de esos temporales, que esta muy bien.
La historia va cogiendo matices de lo que va a ser,y parece ser una historia interesante, a ver como se desarrolla y espero que no me confunda en lo de interesante.
espero leer el siguiente capitulo.
saludos
un fan de tu blog